1 | “Pena es vivir sin hacer nada” | Salta

1 | “Pena es vivir sin hacer nada” | Salta

Suena la alarma y hace eco en toda la habitación. El sonido recorre las paredes hasta llegar al alto techo. Rebota en las cuatro camas cucheta, choca contra la ornamental puerta de roble con la manija de bronce, y vuelve hacia mí por las maderas del piso flotante.

El hostel está montado sobre una antigua casa colonial. Es fiel al estilo español de Salta, y la estructura está muy conservada. Por un lado, las paredes despintadas, que parecen almacenar fabulosas historias de viajeros y aventureras, hacen frente al paso del tiempo, resisten. Yo, por el otro, desplomado en el blando colchón que parece una canaleta, sigo posponiendo la alarma, confiado de que soy la única persona en esta habitación compartida.

Hoy no estoy de ánimo para salir a la ruta. Tanto movimiento en el micro hizo que mis ganas de asentarme superen a las ansias de hacer dedo y comenzar realmente a viajar. Dejo que la alarma me aturda un par de veces más, pero hay un olor extraño que me confunde.

Me levanto. No perderme el desayuno que termina a las 10.30 es la motivación que estaba esperando. Pero en frente mío, un bulto tras una frazada naranja sucio me desconcierta. No estoy solo. Me acerco y el bulto se presenta.

 – ¿Apagaste la alarma?

Con vergüenza, le digo que sí, que me perdone. Que pensaba salir a la ruta para ir a Jujuy, pero no junte las ganas para levantarme temprano y decidí quedarme un día más y recorrer. El muchacho se mueve y desprende un olor almizclado cada vez que agita la frazada.

 – No hay problema, man. Podemos recorrer juntos, si quieres. Llegué aquí ayer por la tarde y no pude ver nada porque necesitaba conseguir empleo. No tenía un peso. Pero un man me dio trabajo en un restaurant… Ah, soy Mauro, un viajero colombiano.

Le digo que pensaba ir al cerro San Bernardo, que seguro tiene una vista hermosa. Mauro se levanta y revuelve su valija. Hay ropa suya tirada por toda la habitación. Exprime un sobre de muestra gratis de shampoo, que ya no tenía más que gotas, saca un pedazo de espejo y un peine. Se peina y usa el shampoo como si fuera gel. Acomoda su pelo bien tirante hacia el costado. Huele una camisa y la descarta. Huele otra, y también. Mientras disecciona su vestimenta me cuenta que pasó frío a la noche y que por suerte se había llevado esa manta naranja de un hostel. Siempre la llevo por si me quedo a dormir en la calle, me confiesa.

  *             *             *

Hay un teleférico que sube hasta la cima del cerro. Pero no le vemos la gracia: preferimos disfrutar del camino. El día está soleado, y el sendero tiene escalones de troncos cuando se pone un poco empinado.

Mauro empieza a jadear. Le confieso que tengo sed. Él también tiene, me dice. No puedo creer que hayamos emprendido esta caminata sin traer una botella de agua. Arriba debe haber alguna canilla de todas formas.

– Hace unos días casi muero de sed – dice riendo.

– ¿Qué? ¿En serio me decís?

– Cuando pasé la frontera en la Quiaca quise venir para aquí. Como te dije: estoy sin un peso. Desde La Paz estoy así, saltando de camión en camión, rogando porque vaya hacia el sur. Pero en la ruta de La Quiaca no pasaba nadie, nadie, nadie. Así que caminé. No creí que fuera a ser por mucho, pero nadie pasaba. Y ahí estaba yo, con mi maleta y una botella de agua.

– Pero, ¿cuánto caminaste?

– Pasé un día entero sin parar. Intenté racionar, pero ya me había bajado mitad de la botella. Encontré un galpón y dormí ahí, pero no había nadie. Al segundo día seguí caminando. Esa ruta mata. La quebrada de Humahuaca parece un desierto y el Sol es fuertísimo. Para el mediodía, me había terminado la botella, y le estaba rogando a Dios para que me matara. “Por favor, Diosito, si éste es el plan que tienes para mí, te suplico que no me hagas sufrir más, ya quiero morir”, le rezaba. Por suerte, apareció un man con moto y me llevó hasta Tilcara. Me salvó.

Llegamos a la cima mientras me dice que les contó su historia a unos niños en Tilcara a cambio de $200. Con eso llegó hasta Salta. Pero ahora ya no cuenta con entusiasmo, está perdido en la vista de la ciudad. Es enorme, es hermosa. La imagino en la época colonial, cuando solo existían algunas casitas como la del hostel, en medio de este alucinante valle verde.

– Por estas cosas vale la pena sufrir, ¿no? – le pregunto.

– Claro, hay que conocer el mundo. Pena es vivir sin hacer nada.

Después de un rato en silencio, contemplando la ciudad, Mauro dice que tiene hambre, que bajemos.

-Te voy a hacer un plato que me enseñó mi mamá.

  *             *             *

Mauro me pide que yo elija las marcas, que las conozco. Compramos arroz, huevos, tomate. Mauro se tienta con las arvejas. Yo quiero ser lo más gasolero posible, y si bien me tienta la diversidad de sabores, me duele comprar ingredientes que voy a dejar atrás. Pero probar un plato casero colombiano me incentiva a gastar.

– Y compra un jugo, man, que vamos a comer bien rico.

*             *             *

El plato es un revuelto con arroz. Al final no sobró nada: Mauro aparece con dos montañas de comida. Devora sin parar ¿Cuándo habrá sido su última comida fuerte?

– ¿Por qué te quedaste sin plata? – me atrevo a preguntar.

Mauro para de comer. Se limpia la boca con la manga y mira para abajo. Viajar como un vagabundo no estaba en sus planes. Desde que partió de Colombia hasta Perú circuló sin trastabillar; tenía reservas de dinero, y el trabajo lo acompañaba. Trabajaba en un restaurant en la playa, y con sus compañeros extendían su horario de trabajo hacia fiestas, alcohol. Un ritual de hedonismo. Conoció una alemana viajera y se la pasaban en la cama. Pero un día sus caminos se dividieron. Ella continuó su ruta hacia el norte; él hacia el sur. Todo cambió en una noche en La Paz.

Buscando su hostal, en una de esas callecitas oscuras que trepan la montaña, lo asaltaron y le quitaron todo su dinero. A partir de allí, su camino se asemejó a los laberínticos pasillos del castillo de los Inmortales. Circuló errabundo colándose en la parte carga de camiones, implorando a su destino que se dirigieran hacia el Sur. Milagrosamente, llegó a La Quiaca, solo para enfrentarse con la desértica ruta 9, la famosa Panamericana. Me asombra que después de eso haya olvidado cargar una botella de agua para la caminata.

      *             *             *

– Pásate a la noche por el restaurant, si quieres, me propone. Te puedo dar un poco de comida.

No me parece una mala idea. Viajar también es eso: dejarse llevar, comer cualquier cosa que te inviten, probar cosas nuevas, pagar solo lo impresindible.

Llego a Peña Los Cardones, y digo que busco a Mauro. Me hacen pasar a la cocina; Mauro es el bachero. Me da una bandeja donde parecen haber salteado todas las sobras de los comensales juntas: pollo, carne, fideos, arroz, verduras.

Voy a cenar a mi lugar preferido, la Plaza 9 de Julio, y a falta de cubiertos, sumerjo mis manos en mi banquete. Enormes palmeras y la excéntrica catedral cubierta en oro son testigos de mi banquete. Hay que disfrutar la vida.

De vuelta en el hostel, el ambiente se ha tornado mucho más social. Un viejo excéntico, vistiendo holgadas prendas coloridas me abraza y se saca fotos conmigo. Dice que soy un aventurero, un héroe quizás, por querer encarar al mundo a tan corta edad. Creo que está exagerando y, probablemente, algo borracho. Responde a una de mis inquietudes de ayer, sobre la antigüedad de la ciudad, como parece abandonada pero preservada a la vez. Su punto de vista sobre la ciudad es que tienen un gran respeto hacia la cultura y la tradición. Creo que hay algo admirable en crecer y construir sobre las propias raíces.



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