2 | Aves de paso | Purmamarca

2 | Aves de paso | Purmamarca

Copitos de maíz sin azucar y agua caliente para prepararse un té o café. Típico desayuno de hostel barato. Lo suficiente para llenar el estómago y salir a encarar el día. Todavía es muy temprano. Mauro sigue durmiendo, así que voy a tener que irme sin poder despedirlo ni agradecerle por el festín de sobras salteadas en aceite. Tampoco hay gente en la recepción, por lo que me escabullo sin hacer el check-out, como si estuviera escapando o robando.

Me dijeron que la ruta de ripio hacia San Salvador es hermosa, con paisajes bellísimos. Pero por ser el primer viaje a dedo en esta aventura, prefiero ir más rápido y por el camino más transitado.

Con la mochila al hombro y mi mejor sonrisa, propongo a los conductores que juguemos al autostop.  Los autos agarran la rotonda y aceleran rápido al agarrar la ruta para ir hacia el este, a General Güemes, donde se cruza la autopista que lleva a la capital jujeña. Por momentos, me siento ignorado, pero no dejo que mi actitud lo demuestre.

Contacto visual al conductor, sonrisa. Me mira: hago mi mejor expresión de súplica. Sigue de largo. Aparece un Fiat Siena rojo. Intuyo que éste es el indicado. Sonrío; quiero que sienta mis ganas de compartir. Desacelera y se detiene a unos metros.

– Voy hasta Río Piedras. ¿Te sirve?

– Voy para el norte – le digo con convicción.

– Te dejo en la autopista, si te parece.

  *             *             *                            

Pablo dice que está contento por comprar su coche, que no podría haberlo hecho de no ser policía. Un escalofrío me recorre el cuerpo al escuchar su profesión y pienso en los resabios de una Policía déspota en épocas de dictadura. Llevo en mi mochila un ejemplar de Operación Masacre de Rodolfo Walsh, y no paro de pensar en operaciones encubiertas y fusilamientos o encarcelamientos sin juicio previo ni su debido proceso. Pienso que el Estado de Derecho es solo un papel, y que en las calles rige la ley del más fuerte, o el más sádico. Y que es ilegal hacer dedo, y que me levantó a propósito, y que seguro algo está tramando. Después, me digo, este hombre solo transmite bondad, y el rechazo que muchas veces los argentinos tenemos hacia la policía es heredado de un eco de otros tiempos. En todo caso, la policía de hoy tiene mucho menos poder en las calles y más tendencia hacia transar y caer en la corrupción.

– Es que al coche este lo conseguí en un remate. Era de unos ladrones. Lo confiscamos. Y después se vende – Pablo interrumpe mis prejuicios.

Pienso que es razonable que se tomen estas libertades. Le pregunto si lo hace feliz su trabajo. Me dice que se metió en la Policía por necesidad. Que antes se dedicaba a la construcción pero necesitaba algo más estable y ayudar a la mama.

– Y vos, ¿a dónde estás yendo? – intenta cambiar de tema

– Al norte. Mi idea es llegar a Machu Picchu, pero no tengo un camino trazado. Y en todo caso, tampoco un destino. Si no llego, me vuelvo antes.

– Pero ¿por qué viajás?

– No sé. Para aprender más sobre la vida. Conocer más. Algo así – digo riendo.

– ¿Y tus papás que dicen?

– Mi papá no sabe. Mi mamá estaba contenta. Quería que conociera el mundo. Incluso no se preocupó cuando dejé la universidad. Sabe que voy a volver.

– Yo estoy yendo a verla a la mama. Vive allí en Río Piedras, donde nos crió a mi y a mis tres hermanos. Nos está esperando con ravioles – dice y recuerdo que es el Día de la Madre.

– Yo le fallé a mi vieja, le digo. ¿Qué pensará, que justo la dejo sola en el Día de la Madre?

– La mama siempre va a ser la mama. El tata también te va a querer siempre, pero no es como la mama. La mama te banca en todas, cuando estés enojado, cuando te deprimas, cuando te angusties por no conseguir trabajo. La mama te tuvo nueve meses en la panza y desde ese momento piensa en vos todo el tiempo. Y la mama te entiende, siempre.

Bajo en la rotonda Güemes. Mis prejuicios quedaron en el auto, espero que para el resto del viaje, al menos. Pero sí me llevo una lágrima y ganas de saludar a mi vieja. Y paciencia para volver a hacer dedo.

  *             *             *

Pasa una banda de motoqueros. Al menos siete u ocho Harley Davidsons, con alforjas a los costados, y tipos con cascos negros con picos metálicos y camperas de cuero. El último aminora la velocidad y me entusiasmo. Que locura viajar atrás de una de esas motos, justo después de lo que Jairo me contó.

El chaleco de cuero del tipo tiene una estampa que dice “clube de motocicleta”. Son brasileños. Tiene barba larga y canosa. Varios tatuajes de calaveras en los brazos. Todo un cliché, y me encanta. En portuñol intenta decirme que me aleje de la YPF, que nadie va a parar acá. Qué pena que no me quiere llevar.

Por suerte no le hice caso. Al poco tiempo, un tipo sale de cargar nafta, se acerca a mí, y ofrece llevarme. Es jujeño, pero vive en Tucumán. Ya parece tucumano por su humor y soltura al expresarse. Va a San Salvador a visitar a su madre, así que me deja en el centro de la ciudad.

      *             *             *

El casco histórico de San Salvador de Jujuy es lujoso y ostentoso. Es un contraste bizarro con el resto de la ciudad, donde la vivienda a ladrillo pelado y la pobreza parecen ser la moneda corriente. Una majestuosa fuente de agua posa en la plaza principal, burlando al desértico clima, y funcionando como eje entre el Palacio de Gobierno y la catedral.

Un grupo de viejitos está entrando en fila a la catedral. Entro con ellos, me sumo al tour guiado. Me cuelo, deben pensar ellos. La catedral es majestuosa, pero lejos del oro y lujo de su par en Salta. Los viejitos sacan fotos, sonríen, disfrutan. Una de ellos mira mi mochila y me pregunta si viajo solo. Le digo que sí y sonríe.

El guía me mira con recelo. Seguro es un tour pago, pero no se anima a echarme. Quizás tampoco está seguro de si lo pagué, o si soy el nieto de alguna de estas parejitas de sonrisas arrugadas.

El tour atraviesa las rejas del Palacio de Gobierno. Penetramos en la imponente infraestructura de estilo francés que seguro fue construida cuando creíamos que Argentina iba a ser una potencia sin industrializarse y valiéndose de exportaciones de materia prima. Cuando llegamos a autodenominarnos el “Granero del mundo”, aunque rápidamente esa ilusión se perdió, cumpliendo predicciones de Belgrano y Mariano Moreno, que ya advertían a la Primera Junta que no dependiéramos de extranjeros, que construyamos una nación con una economía fuerte con industria.

Pero el proyecto agroexportador fracasó en gran medida, y luego de varios vericuetos terminamos acá, con este enorme edificio que no se condice con su ciudad. Dos escaleras de roble simétricas llevan al segundo piso, donde hay una gran sala, también revestida en roble, y con lámparas con detalles en bronce u oro. Grandes ventanales dan una vista panorámica a la impecable plaza y el resto de la caótica ciudad. Y sobre una pared, está enmarcada una extraña bandera con el escudo patrio, pintado a mano, supongo.

– Ésta es la primera bandera de la que se tiene registro que haya hecho Manuel Belgrano con sus propias manos – cuenta el guía y los viejitos sacan fotos, algunos flashes se reflejan en el vidrio del cuadro. De la celeste y blanca no hay ningún registro oficial que apunte a que la haya hecho él. Ésta sí: fue un obsequio al pueblo por su valentía en el Éxodo Jujeño en 1812.

Belgrano había sido enviado al frente del Ejército del Norte. En agosto 1812, los realistas estaban dispuestos a contraatacar y apagar los focos revolucionarios. Se esperaba que desde el Alto Perú marchara un gran ejército al mando de Pio Tristán.

El Ejército del Norte era superado en números, por lo que Belgrano tuvo que valerse de su capacidad estratega. Postergaría el enfrentamiento directo con el enemigo, para dejarle a su paso solo tierra arrasada y desolada. A eso se lo conoce como el Éxodo Jujeño. La gente dejó atrás todo lo que no podía cargarse en mulas o carretas. No tenían mucho, pero era todo lo que tenían. Quemaron cosechas y mataron ganado para contaminar los ríos. Cuando los realistas llegaron a estas tierras, no tenían oportunidad de aprovisionarse y se fueron debilitando.

“Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad (…) Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército a mi mando, si como aseguráis queréis ser libres”, arengó Belgrano a su pueblo, que no hizo reparos en seguirlo, y que en cinco días ya había cubierto 250 kilómetros, llegando a San Miguel de Tucumán.

La oligarquía fue la única que se resistió; estaban decididos a esperar a los realistas, que les reconocerían la propiedad de sus tierras. Ya estaban negociando para determinar nuevas autoridades, pero Belgrano a punta de pistola los obligó a arrasar sus propiedades. Era un asunto de patria o muerte.

En Tucumán había llegado la noticia de que los realistas ya estaban en Humahuaca, por lo que le pidieron a Belgrano que combatiera a su lado. Por esta razón, desobedeció a la Primera Junta, que le ordenó que llevara a su ejército a combatir a Artigas en Montevideo.

Desde San Miguel de Tucumán, Belgrano replegó sus fuerzas y obtuvo una importantísima victoria frente al debilitado ejército realista. Luego, los persiguieron hasta Salta donde finalmente los derrotaron en febrero de 1813.

Es formidable la importancia del pueblo jujeño en la independencia de nuestro país y en defender la soberanía nacional. Entiendo, entonces, porque es tan fuerte el patriotismo acá, y se reivindica a Güemes, otro héroe en la retaguardia nacional, y gran amigo de Belgrano. Y aún así, estas provincias del norte han quedado tan postergadas y relegadas. De este gran gesto patriótico del pueblo jujeño, solo queda esta bandera, inmóvil, con manchas de humedad, resguardada en un palacio en medio de un pueblo sumido en la pobreza. Supongo que en tiempos modernos vale más la riqueza de las tierras que la de los pueblos.

  *             *             *

– Amigo. Vení. Comprame una’ flore’. O tengo prensao si queré’.

Es un muchacho joven, con la camiseta de la selección y una visera con el número 10 de Messi. Tiene un limpiavidrios y un trapo en la mano, y aprovecha que el semáforo de la avenida Urquiza está en verde para aceitar su negocio paralelo. Le digo que no me interesa nada de eso, pero que si quiere le doy una de las peras que compré para almorzar. Con un manotazo que parece un latigazo, agarra la fruta. Sonríe, está contentísimo. Soy El Rolo, me comenta, y le da un mordisco a la pera con el lado izquierdo de la boca, del costado que tiene dientes.

– Y me vine hace unos años desde Capital. Todos muy nerviosos allá – y reconozco el sh porteño -, acá todo es más tranquilo. Bueno, aparte allá también me andaban buscando. Me querían mandar a guardar. Pero acá nadie se mete en lo tuyo. Y estoy tranquilo. Y traje a mi señora y mis pibe.

Trozitos de pera y saliva escapan por la ventanita que tiene en el lado derecho. Le cuento que vengo de Buenos Aires también. El insiste en que no voy a querer volver, que allá la vida es muy apurada y acá no, acá vivís. Que vino a recorrer la quebrada y se enamoró, y siempre que puede da una vuelta por allá.

– Justo quiero ir para Purmamarca ¿Sabés dónde puedo ir a hacer dedo? Estaba buscando un bondi que me aleje de la ciudad – le explico.

– ¿Un bondi? ¿Só loco vó? Hay un remís que sale para toda la Quebrada y te cobra 30 pe quizá. Andá para allá derecho, cruzá el puente del Río Grande y los vas a cruzar. Juntas unas personas para llenar el carro y salen de toque.

  *             *             *

El auto sale cuando se cubren todos los asientos, o lo sobrevenden, porque los bebés pueden viajar a upa. Así vamos p’ al norte, en un Corsita a gas que no toma muchos recaudos en las curvas, ni tiene cinturones de seguridad. El resto de los pasajeros son todas mujeres cargando a sus hijitos que van para Tilcara. Asumo que viven ahí, aunque ninguna habla.

Veo al Corsita agarrar las curvas por el medio, con la ruta entre montañas. Mi asombro por el hermoso paisaje crece con el temor a morir en un choque frontal. Los bebés duermen. Uno toma la teta. Las mujeres parecen estar muy tranquilas mientras empiezo a notar mis manos sudorosas secándose mientras las froto en mis rodillas. Igual, deben estar acostumbradas a este camino. Y el chofer, también. Así que me relajo.

El Corsita dobla por la 52, y las últimas curvas me emocionan. Poco a poco, el Cerro de Siete Colores aparece, y unas curvas más adelante, el pintoresco pueblito de unas pocas cuadras se deja ver.

En éxtasis, camino alrededor del cerro. Las montañas rojizas, algunos cactus. Pasadizos de una arenisca anaranjada se abren entre paredes también naranjas. Una botella de Corona en un arbusto espinoso. Caminos marcados por pasos de muchas personas, e infinitos caminos por transitar, hacia otras rocas, hacia otros montes. Todo es una maravilla. Y el viento hace flamear a mi remera verde que contrasta con el paisaje seco. Mi sonrisa por sentir la brisa de la libertad al escalar la cima de un monte. Y una gran aventura que está encontrando el ocaso, y el hambre que me encuentra con una señora que hace tortillas rellenas de queso de cabra y tomate en una parrillita en la calle.

Bajando por la calle del pequeño Cabildo con techo de cardones secos, veo pasar a un tipo barbudo. Nos miramos de frente, fijo. Tiene anteojos y ya peina algunas canas.

– Yo a vos te conozco – le digo.

– Si… – fruñe el ceño y hace una pausa, piensa y sonríe al encontrarse con su respuesta – Sos el del hostel de Salta.

Hago memoria y encuentro su imagen a la salida del baño. Yo hacía malabares para no mojarme con el agua que había dejado en el piso después de bañarme. La ducha era un despropósito: era de esas avivadas ingenieriles para ahorrar espacio y terminan con el chorro cayendo directo al inodoro. Por lo cual había colgado mis cosas en la puerta, ganchitos, y cualquier clavo oxidado que asomara para auxiliarme. Cuando terminé de ducharme, y logré juntar mi ropa, la toalla, el jabón y shampoo, abrí la puerta y me choqué con él. Yo, aún mojado y con algo de pudor, me presenté. Charlamos un poco y me fui. Y acá volvió a interponerse en mi camino.

– ¡Qué loco, che! ¿Pasas la noche acá? – le pregunto

– No sé, che. Quería llegar a Tilcara, pero unos locos me dijeron que estaban buenas las salinas, y estoy pensando a ver que hago.

– Yo también pensaba ir a las salinas mañana. Mirá, yo me estoy quedando en una habitación en esa casucha de allá. Estoy solo, hay lugar para dos más. Sino tienen un camping atrás también. Está 120 la noche. Si querés quédate y mañana salimos juntos. ¿Cómo te llamas?

– Adrián.

 *             *             *

– ¿Para dónde vas? – me pregunta Adrián y me pasa la Salta de litro.

– No sé. A Machu Picchu, capaz. Es la idea. Al norte, seguro.

– Yo también, che. Bah, mi hermano está en Ecuador. Viaja con su novia en una Traffic que convirtió en casa rodante. Quieren llegar a Alaska los locos, je. Yo aproveché a tomarme unos días del laburo para ir a verlo. Salió un pasaje barato a Salta y pensé en hacer todo esto por tierra ¡Super gasolero! Y bueno, es todo tan lindo acá, que me lo estoy tomando más tranqui, recorriendo, no sé si llegaré. Por lo menos quiero conocer Machu Picchu, sentir su energía.

– ¡Qué loco! Vamos para el mismo lado.

La botella de Salta ya pesa menos, pero los tragos se hacen cada vez más esporádicos. Y la cerveza se entibiece.

– ¡Si! En una de esas seguimos juntos. ¿Vos cuándo volvés? – me pregunta.

– No tengo un tiempo definido. La verdad es que dejé la carrera. Estudiaba ingeniería, pero no me apasionaba. Así que me mandé, quiero viajar, descubrir, vivir. Qué se yo, ver que tiene la vida para ofrecer.

– Está perfecto. Mira, yo me pasé la vida buscando. Dejé mil carreras. Empecé estudiando Comunicación. Pero la verticalidad y censura en los medios me desilusionó. Después hice el CBC de Filosofía. Y pasé 9 años en el conservatorio, pero no terminé, je.

  *             *             *

Adrián se fue a dormir, pero yo sigo conmovido por este gran día, y no puedo contener mis ganas de conocer más. Camino una y otra vez por las mismas calles. Pruebo la cabina de teléfono del Cabildo, que está unos centímetros más hundido que el resto del pueblo. Da tono, increíblemente.

Purmamarca parece estar aislado del resto del mundo. La noche es oscura. A pesar de estar despejado no se ve ni una estrella, y las montañas yacen escondidas tras el manto de la penumbra. Solo existen estas pocas cuadras de calles de tierra y casitas marrones. Y varias peñas que exhalan folklore, festejando el Día de la Madre.

Corro de una peña a la otra. Solo existe mi alegría rebosante, las callecitas y la música que nos une en comunión divina. De fondo, en alguna peña, distingo:

¡Viva Jujuy!

¡Viva la Puna!

¡Viva mi amada!

Vivan los cerros,

pintarrajeados

de mi quebrada

¡De mi quebrada,

Humahuaqueña!

Miro a la oscuridad, más allá de la plaza principal y las casitas antiguas y acompaño el canto:

No te separes

De mis amores

¡Tú eres mi dueña!



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