3 | ¡Viva la Puna! Y … ¿los espíritus? | Tilcara

3 | ¡Viva la Puna! Y … ¿los espíritus? | Tilcara

El Sol sale en Purmamarca y el comercio resplandece. Las desérticas callecitas que me inspiraron en la noche, ahora están atestadas de puesteros con sus coloridos pulóveres de lana de llama. Pasillos de artesanías, jarrones, llamas de peluche, y muchos colores norteños conducen a la principal actividad matutina: el traslado a las Salinas Grandes.

Adrián y yo, embarcados en nuestro proyecto, no podemos evitar perdernos en el caos de remises y combis que, con alaridos, intentan cautivar turistas. Un hombre con unos joggins verdes se acerca, ensimismado, caminando con delicadeza entre la muchedumbre.

– ¿Ustedes también van a las salinas? – nos pregunta.

Le decimos que sí, que estamos viendo que hacer. Él sonríe, mira para una callecita angosta y nos dice que lo esperemos, que va a buscar a su familia y vuelve. Es para ir todos juntos. Me llamo Sebastián, grita mientras camina despacito y desaparece entre la masa de caras anonadadas y con anteojos de Sol.

Sole está muy callada. Está en los asientos traseros, y su hija se trepa por su pecho. Agarra sus rastas, juega. Golpea su cachete, pero Sole sigue mirando fijo por la ventana. Sebastián la mira por el espejo retrovisor, tantea, pero prefiere no decirle nada.

– No le diste de comer a Male – suelta Sole, finalmente.

– Bueno, che. Si no las apuro, no salen más ustedes. ¿No querías venir a ver las salinas? Además, ya les había dicho a los chicos que íbamos juntos.

– Pero ahora tiene hambre y me rompe las pelotas a mí.

Un cartel de piedra al costado de la ruta indica que estamos a 4100 msnm. Una curva introduce a la otra, y cada vez estamos más alto. Eso se mezcla con el bullicio y me mareo. Saco de la mochila una de mis peras de ayer y se la ofrezco a Male.

– ¿Cómo la lavaste? – me pregunta Sole.

– La lave con agua y le pasé una esponjita anoche. Está limpia – invento rápidamente, intentando apaciguar la tormenta.

– Gracias, che, pero no puedo aceptarla. Tiene una etiqueta del super, así que no es orgánica. Debe estar llena de químicos e insecticidas y para limpiarla es necesario…

– Dejarla a remojo en vinagre – interrumpe Adrián.

– ¡Ay sí! Viste cómo es. Hoy en día no se puede comer nada. Que si va a un cumpleañitos le dan el juguito industrial, lleno de químicos, colorantes, saborizantes. Y encima te vienen con el panchito. Yo intento no darle de comer carne, pero encima los panchos te vienen con un rejunte de mierda.

Sebastián no dice nada. Sonríe y asiente con la cabeza lentamente. Me mira y yo sonrío con complicidad; no quiero dejar entrever mi estado de perplejidad.

– Es así. – afirma Sole – Las corporaciones nos matan lentamente. Te dejan sin opciones. ¿Cómo vas a un super y evitás la Coca – Cola? Y mismo las cosas que creés que son sanas, te las llenan de químicos. Si no tenés una huertita, es imposible zafar.

– Claro, si te llenan la fruta de glifosato. Es terrible. Matan los bichitos y de paso te van haciendo mierda.

– Por eso yo las dejo en remojo en vinagre. Toda la noche. Con eso la neutralizás – explica Adrián.

– Si, pero es todo un trabajo. A veces quiero comer ¡ya!

*             *             *

Aparece un paraíso que se extiende por kilómetros en un desierto blanco, y se difumina con el horizonte. Las Salinas Grandes. Los turistas saltan, posan, piensan. Quieren aprovechar el espacio sin limitaciones para obtener la mejor foto.

Hay una especie de casillas hechas de sal. Alrededor, puestitos de artesanías y comidas. Nos acercamos, con Adrián, a hablar a una señora que vende empanadas y tortillas. La señora nos comenta que la casilla la hizo su marido, desde cero, y que aísla muy bien el calor, pero que a veces se pone pesado.

– Qué quilombo con la nena esa, ¿eh? – dice Adrián, y mordisquea la empanada.

– Debe ser complicado encarar un viaje así – digo entre risas.

– Por eso nunca quise tener hijos.

De repente me vi reflejado en Adrián. Su búsqueda, su libertad, su simpleza. Es mi ideal del Yo, supongo, y podría verme así en veinte años. Sin ataduras, aún mochileando, trazando mi propio camino al andar.

– Es complicado tener que depender de otras personas. A veces siento que la sociedad, la familia te condicionan. Un escritor yanqui que se retiró a vivir en los bosques una vida deliberada, en contacto con la naturaleza, creía que la sociedad nos inhibe de realizarnos completamente como personas, de cumplir nuestros propósitos. Henry David Thoreau se llamaba – le comento.

– Puede ser, che. Pero por posiciones tan duras terminé perdiendo yo. Terminé con varias parejas por no querer tener hijos. Con la última terminé hace unas semanas. – mira a lo lejos, se dilucidan un tractor y una montaña de sal. Se saca las zapatillas y las medias y mete los pies en una de las piletas – Me presionaba con que ya estaba grande, que no pasaba nada si yo no quería hijos, pero que necesitaba saberlo porque no le quedaban muchos años de fertilidad. Y así se fue.

– Hace poco leí que Schopenhauer decía que había como una fuerza en el universo que nos conecta a todos. Y que esta fuerza nos hace acercarnos a tener una relación, y nos engaña con que somos felices, para hacernos creer que necesitamos un bebé – me siento a su lado, remojo los pies también -. Y una vez que lo tenés, te saca esa sensación de bienestar, y la relación se vuelve una cagada – suelto y me río.

– ¡Qué siniestro! – ríe –. Yo creo que existe esa fuerza que nos une a todos. Que todos somos uno en la divinidad. O somos parte de ella. Todo es la conciencia cósmica. Pero siempre hay que verlo desde la luz. En la India hay varios maestros que hablan de eso. Estamos en el mundo para buscar la iluminación, para encontrarnos con la divinidad. Tenés que leer a los orientales. Tienen un desarrollo espiritual más apacible. Te vas a flashear.

*             *             *

Las gotas de transpiración que recorren las mejillas, y a veces encuentran la boca, que se siente engañada: no logra refrescarse. El Sol intenso pega con fiereza sobre la ruta. El tiempo pasa, pero el calor no afloja. Este dedo está tomando más de la cuenta.

Pasan pick-ups, SUV, autos familiares con valijas en el techo. No paran. Adrián empieza a bailar. Yo también. La danza descoordinada no parece atraer posibles conductores. Adrián se arrodilla haciendo el gesto del “Matador” Salas cuando festejaba algún gol en River. Despierta algunas risas, sobre todo mías, pero nada parece alejarnos del cartel que indica que estamos en Purmamarca.

La sombra ya no es suficiente refugio. Casi dos horas bajo el Sol nos ha deshidratado y desistimos de hacer dedo. Caminamos, resignados, hasta la estación de micros para descubrir que el trayecto a Tilcara salía solo $17. Un regalo. Nuestra insistencia aventurera nos había hecho perder valioso tiempo.

La inevitable visita al Pucará de Tilcara vino acompañado de un profundo dolor de cabeza. Claro, la exposición al calor, sumado a la gran altura por la que pasamos camino a las Salinas empezó a pasar factura. Pero, mi cabeza está desbordando con los intentos de intelectualoides que hacemos con Adrián. Que la búsqueda del ser, que el superhombre de Nietzsche, que fluir y dejarse llevar en la filosofía del tao. Un menjunje de ideas que terminan de fundir mi cerebro mientras caminamos por las ruinas del pueblo de los tilcaras.

A este punto, solo puedo admirar, observar. Aun así, Adrián lee las plaquetas y dice que qué loco, que estos indígenas primero fueron invadidos por los incas, y luego por los españoles, que usaron el Pucará como fortaleza. Eso me hace pensar que habría sido de la civilización inca si no hubiesen sido cortados del mundo cuando se encontraban en pleno expansionismo. ¿Hasta dónde habrían llegado? ¿Qué otras edificaciones habrían dejado como legado, como rastro? Las casitas de los tilcaras, construidas con piedras, evidentemente tienen influencia inca, y parecen un pequeño Machu Picchu, pero con techos hechos con cardones secos, bien autóctono.

– Uh, mírate esas minas. Creo que son francesas. Tremendas – Adrián interrumpe mis pensamientos.

Adrián se acerca a ellas, les tira un chiste, y se ríen. Le piden que les tome una foto. Adrián va con una sonrisa, y tira otro chiste. Pero no se ríen, apenas dominan el español. La barrera del lenguaje llegó hasta ahí. Yo me río al verlo a Adrián volver.

– Y, ¿qué onda? – le pregunto.

– Que se yo. Me tenté – comenta entre risas – A veces me da gracia que tengo momentos espirituales que pueden nublarse con momentos super mundanos. Como éste. El hombre a veces no puede escapar de la tentación sexual.

*             *             *

Un portón con una pintura increíble del paisaje norteño: cardones, montañas coloridas y puntiagudas acariciando un cielo estrellado. “El Farolito Hostel”, anuncia esa curiosa entrada. El lugar es una casona colonial restaurada bajo un diseño mochilero–hippie–new–age. Un retrato del Che, figura que destaca en el espíritu aventurero y antisistema que frecuenta el mochileo. Pero mantiene una pisca de decoración norteña que lo hace pintoresco. Telas coloridas y con sus tramas típicas cuelgan de las paredes y tapizan un sillón en el que un pibe con rulos está tirado leyendo “Abaddón el exterminador”, de Sábato.

No leo desde que empecé el viaje. Entro a la habitación, ansioso, como un adicto recurriendo a su sustancia. El viejo piso flotante retumba con mis pasos y hace eco en las paredes, altas y coloridas. Saco mis tres libros de la bolsa de tela donde los vengo paseando.

 – A mí también me gusta Borges – dice una muchacha de pelo corto, con un seseo español – He leído Ficciones y Artificios, dicen que son los mejores. Nunca escuché hablar de este – me explica señalando mi libro viejo y desteñido.

–  Historia Universal de la Infamia – detallo. – Es mi preferido. Porque el tipo se apropia de personajes ajenos a él, de otros autores, y, a través de ellos, de sus voces, cuenta su propia historia. Una genialidad.

Me comenta que se llama África, como el continente, pero que vive en Alicante, España. Que le encanta viajar, y las aventuras, y escribe sobre eso. Que una vez estuvo en el Amazonas viviendo con unas tribus y se tenían que bañar en el río. Y que le encanta sumergirse en la cultura, que estuvo tomando mate, pero que todavía no toma tanto.

– Los argentinos toman mucho mate. Realmente, demasiado. Yo tomo dos o tres y me canso – me explica.

– Si, pero es que va más allá de tomar o no tomar la bebida. Es más como un ritual, o una excusa social para compartir el momento. Es parte de la cultura

– ¿Tienes para tomar mate ahora?

– Sí, pero… – pienso en cómo explicar que no estoy para hacer el rito cultural, o toda esa extraña explicación vacía que intenté dar canchereando; que estoy cansado y me duele la cabeza.

– No pasa nada…

– No, no. Es que me duele mucho la cabeza.

Entonces, África sonríe y revuelve su mochila. Ten, toma, me dice y extiende su mano. Ante mi sorpresa, no había pastillas de ibuprofeno, sino una bolsa verde. Son hojas de coca, aclara y me explica cómo tomarlas, que a ella la ayudaron un montón en la altura de La Paz, que todo el mundo las consume, y que te acostumbras al sabor. Ahí va otro rito cultural.

*             *             *

El mate gira y gira. Van una, dos, varias rondas. La noche negra de Tilcara nos acoge ¿Por qué será que no se ven las estrellas acá? No encuentro una explicación, ya van varios días que tengo esa observación, a pesar de la poca contaminación lumínica y el cielo despejado.

Invité a Adrián a la mateada, y el lector de Sábato se presentó: Axel. Los cuatro disfrutamos la mateada, las charlas. Hablamos de cine, de literatura. Yo acotaría mucho más de la conversación, pero entre mate y mate, respiro profundo, me concentro para evitar el dolor de cabeza.

– ¿Y si le tirás unas hojitas de coca al mate? – propone Adrián.

Así que estoy con doble dosis. Coqueo con mi bola de hojas en el chachete, y coqueo cuando me toca el mate. Poco a poco me sumerjo en el efecto de la coca, que me adormece levemente la lengua, y siento alivio, al menos de a ratos.

– 1994 fue uno de los mejores años del cine. Imagínate ir a ver una peli, y te encontrás en cartelera “The Shawshank Redemption”, “Pulp Fiction”, “Forrest Gump”. Tremendo. Y advinen cuál ganó el Oscar. “Forrest Gump”, obvio. De no creer – comento, recobrando cierto sentido y fuerzas.

Como buen grupo de viajeros, terminamos hablando de “Into the Wild”, película ineludible en cualquier conversación de mochileros. Algunos lo admiran a Alex Supertramp por buscar su camino y su vida en la naturaleza en Alaska, otros dicen que es un imbécil que no supo tomar recaudos y buscó su propia muerte. Yo añado que me fascinó el paralelismo que tiene con la vida de Thoerau, a quien cita varias veces en la película. Sigue varios de los ideales de su libro, “Walden”, como cuando dice que nunca has comido fruta si no la has sacado directamente de la naturaleza. Y además su viaje duró dos años, como la retirada de Thoreau a los bosques.

Adrián agrega que leyó varios libros de viajes y búsqueda espiritual. Siddharta, de Herman Hesse, es el más recomendable, dice, y cuenta todo el camino que hace Siddharta Gautama, un Buda, para llegar a la iluminación. Lo loco, aclara, es que primero prueba ensimismarse, hacer una búsqueda interna, retirado en el bosque, pero luego lo busca en la sociedad. Y varios de los contactos que tiene con otras personas, desde gente de negocios hasta, quizás, un barquero, lo van acercando al sendero de la iluminación.

África y Axel quedan fascinados por lo que cuenta Adrián. Indagan sobre su vida. Adrián les cuenta que a los 24 años se liberó de todas sus pertenencias materiales, y que empezó a hacer su búsqueda espiritual en la filosofía oriental. Que leía mucho. Meditaba. Era una búsqueda de ensimismamiento. Y trabajaba un mes cada tres o cuatro. Como gastaba tan poco, no le hacía falta laburar más. Y que de a poco fue volviendo a tener más pertenencias. Lo primero que compré, dice, fue una heladera. Así podía comprar más comida sin que se me pudra.

La conversación espiritual atrajo dos personas más. Silvio, y su novia, Lucía, que están trabajando en el hostel. Toman asiento y la ronda del mate se estira. Y se da paso a lo esotérico.

Silvio dice que también tuvo una búsqueda espiritual importante. Que le costó abandonar Mendoza, por alejarse de su maestro, pero que ya está preparado. Ahora puede hacer sus viajes astrales sin su ayuda, mientras viaja por Latinoamérica con Lucía.

– ¿Viajes astrales? ¿Cómo funciona eso? – pregunta Axel.

Entonces, explica, que es difícil de hacerlo, que hay que pasar por un estado de meditación profunda. Cuenta que pasó por varios maestros en busca de poder acceder a sus registros Akáchicos. Nadie entiende mucho de qué va, así que continúa expandiendo. Es como si el universo tuviera una memoria RAM, como la de la computadora. Bueno, esos son los registros Akáchicos, y yo quería averiguar ahí sobre mis vidas pasadas.

– ¿Y lograste entrar? – le pregunto

– Sí, claro.

– ¿Cómo era?

– En realidad está como en un lenguaje que no entendemos, al cual no podemos acceder con nuestros sentidos. Entonces adquiere una forma extraña. Yo lo pude percibir como una biblioteca infinita. Pasillos interminables, circulares, rectos. Libros arcaicos. Polvo. Conocimiento infinito. Estando allí era como que ya sabía a donde buscar mi libro, mi destino. Y lo leí. Leí sobre mi futuro, que debía buscarlo en América Latina. Y sobre mis vidas pasadas.

– ¿Y qué fuiste en tus vidas pasadas?

– Era un ciudadano de la reconocida Atlántida. Lo leí en el libro sobre mi vida. Y cuando leías el libro, era como si vivieras lo que estabas leyendo. Surfeabas en tu historia en carne y hueso. La Atlántida se mostraba como una isla de anillos, con varios niveles, y una tecnología tremenda. Mejor que la que tenemos ahora, porque se hacía en vínculo y respetando la naturaleza.

– ¿Cómo se puede hacer eso? ¿Podemos entrar ahora a los registros Akáchicos? – pregunta Axel.

Entonces, Silvio explica que sí, pero que es complicado. Que hay espíritus oscuros que pretenden alejar tu cuerpo etéreo del corpóreo para adueñárselo en pleno estado meditativo. Una vez, en un viaje, dice, había encontrado a un espíritu y le pregunté por qué yo había sufrido tanto estos años. Éste me dijo que todo ese sufrimiento era una preparación para algo mucho peor que me iba a pasar. Corté el trance y llamé a mi maestro.

– ¿Por telepatía? – indago, confundido entre qué tipo de maestros son los reales, y cuáles existen en la esa Babel etérea.

– Por Whatsapp, boludo – aclara entre risas – Entonces, me dice que existen estos demonios que solo buscaban asustarte para que tu alma no volviese a tu cuerpo. Que no les preste atención a esos falsos maestros. Ahora sé cómo distinguirlos.

– ¡No! Qué miedo. Yo ni en pedo seguiría metiéndome en eso.

– Mirá, es cuestión de saber cómo defenderse. El otro día, estábamos en un camping con Lucía. Acá, en Purmamarca. Y empiezo a escuchar como un suspiro. ooohhhhh, oooooohhh” Así, como lúgubre, ¿viste? Y se escuchaba un cierre abrir y cerrarse “ziip, zaap”. Yo ya lo sabía, era un falso maestro acechándome.

Silvio continúa haciendo la mímica y los ruidos tétricos. El patio está oscuro y no hay ningún sonido. Y nosotros, cada vez más profundo en su relato.

– Entonces, empecé a pedir protección. Lo hice con mi maestro Kuanip, y mi patrono San Roque. Les recé y pedí que me protegieran. Pero cada vez se escuchaba más cerca “zipp zapp zipp zapp oohh oohh”. Entonces pedí protección para Lucía. Pero en los alrededores se seguía escuchando. Al final entendí qué hacer: pedí protección para todo el camping y se alejó”.

Ya es la madrugada y tras esa historia macabra y bizarra, todos entendimos que es hora de dormir. No voy a mentir, estos temas suelen dejarme bastante inquieto. Sobre todo, saber que este pibe es un imán de “falsos maestros”. Espero que, si hoy lo persiguen, se acuerde de pedir protección para todo “El Farolito”.



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