4 | Hermanos en Aimar | Humahuaca

4 | Hermanos en Aimar | Humahuaca

El Sol, de nuevo, quema. Cada minuto que se acerca más al mediodía, hace que levantar cada pie se haga más pesado, cada paso más difícil, la caminata más lenta. El calor se apropia rápidamente del día. Nos despertamos temprano, listos para despedir, una vez más, nuestro hogar de una noche. Algunos lugares suelen impregnar más en nuestras costumbres. A veces, basta con una noche, conocer algunas personas, probar la comida, para sentirse a gusto en el ambiente. Sentirlo propio.

Sin embargo, es evidente que sentirse propio de un lugar lleva tiempo. Las costumbres y tradiciones tardan en ser adquiridas, entendidas. Y los lugares, tardan en ser explorados. Así que no podemos evitar visitar “La garganta del diablo” antes de despedir Tilcara. No sin tomar la imprudencia de hacer la larga caminata sin llevar más que una botellita de agua. Y el Sol se impone otra vez, remarcando que es hora de que aprenda la lección.

La caminata es bastante ligera, y se disfruta apreciando el valle entre el zigzagueo del camino. Adrián implora por una cascada de agua, mientras intentamos racionar el pequeño culito de botella que nos queda. Con alguna pequeña sombra, paramos, descansamos. Aprovechamos para sacar fotos con el vértigo de la profundidad del valle. Pasan algunos autos por el camino, intentamos atinar a un dedo. Probablemente la notoria transpiración los desiste, si es que tuviesen alguna voluntad de parar.

Antes de llegar, vemos un puestito. Nos acercamos, y hay un balde lleno de frutas. Bananas, naranjas. Encontramos un oasis para hidratarnos.

Ya más tranquilos, aparece el agua. ¡Sí, fresca agua! Un arroyito encajonado entre las piedras de las montañas que se vuelve cada vez más correntoso… y fresco. Un alivio doble, ya que la montaña nos brinda sombra. Pero todavía no llegamos.

La garganta del diablo está más allá. Siguiendo el lecho del río. Una caminata, por momentos, más interesante. Le propongo a Adrián ir cruzando el río, siguiendo un caminito de piedras que sobresalen, para divertirnos. Entre un salto y otro, yerro la piedra y mis zapatillas de lona dejan entrar el agua. Ya fue.

Por fin, La garganta del diablo. Una cascadita que cae con fuerza sobre la piedra roja del suelo. En medio de un pequeño cañón, que resguarda del clima. Lugar perfecto para disfrutar. Acalorado, me saco la remera y me acerco lentamente a la cascada. Me impactan las primeras gotas y se me eriza la piel; están frías. Sigo avanzando hasta hundirme por completo con el grito de la garganta.

Adrián, por su parte, recostado sobre una piedra rojiza. Con los ojos cerrados. Quieto. Está meditando.

Hago una pequeña caminata por el río, exploro, me seco en una roca. Vuelvo a caminar por el río, pero mojando solo los pies. Veo a Adrián. Misma posición. Siento su energía fluir por la roca, y la energía de la tierra llegar hasta él. Adrián y roca, fundidos, una misma entidad. Aún me cuesta entender el mundo de la meditación, pero me transmite mucha paz. Me gustaría saber qué está sintiendo Adrián. Desde que llegamos, quise aprovechar al máximo este paraíso, intentar memorizar cada rincón, para tenerlo en la memoria por siempre. Saber cómo se siente el agua, las piedras bajo mis pies. Pero Adrián solo cerró los ojos. Y parece haberlo disfrutado mucho más. Una conexión más profunda.

 *             *             *

– Aguante Boquita, papá. Todo bien con las gallinas igual – me grita un señor sentado sobre una de las columnas de la plaza. Señala mi camiseta de River y levanta el pulgar, bien fresco.

– Obvio que está todo bien – me acerco sonriendo – No hay que pelearse por fútbol, hay que disfrutarlo.

– Es así, somos todos hermanos. Hay que estar unidos, no pelearnos. Si no, nos revientan los de afuera – dice con una inesperada alusión al Martín Fierro – Además, es irónico, yo soy bostero, pero mi apellido es Gallardo, como el muñeco. Soy Martín Gallardo.

Entonces, nos pusimos a hablar de fútbol, que a Gallardo hay que disfrutarlo, y la cinturita de Orteguita tiene patente jujeña, y esas cosas quedan en la memoria y orgullo. Martín cuenta que vivió casi 10 años en Buenos Aires, pero no aguantaba más la rutina agobiante. Que allá todo es ya, y correr de allí para acá, y los bocinazos, y el mal humor de la gente. Además, no podría estar acá, charlando tranquilo en la plaza. Humahuaca es así, y acá tengo a mis amigos de toda la vida, y capaz en un rato nos jugamos un partidito allá atrás del monumento y no tardamos más de una hora en juntarnos.

– Ahhh, ¿sabés lo de Bilardo y la Virgencita? – me pregunta.

– No, ¿qué cosa?

– Que Bilardo trajo a los campeones del ‘86 acá a Humahuaca. Hicieron una promesa a la Virgencita. Esa que está allá en el cerro. Y no volvieron más, como lo habían prometido. Por eso es que no salimos campeones del mundo. Nunca más. Porque no volvieron acá, como habían prometido.

Le digo que no puedo creer que fallaran así a su promesa, que además es un pueblo tan lindo para visitar. Con Adrían, ni bien llegamos, habíamos subido rápido a ver a la “Virgencita”, sin saber su valor anecdótico. Ahora, conociendo la clave que me facilitó Martín, la veo con otros ojos, me emociona. Le cuento que era muy lindo, y además tenía linda vista al pueblo, pero que lo hicimos rápido porque no nos gusta llegar de noche a un lugar nuevo.

– Es que yo empecé el viaje llegando de noche a Salta – relata Adrián – Y no conseguí lugar para quedarme. Bah, pregunté en un par de hoteles y los locos querían cobrarme una luca por la noche. Están locos. Entonces recorrí un poco más, y terminé cayendo al casino hasta que se hiciese de día. Mala decisión. Terminé perdiendo $800. Y sin descansar nada. Me convenía ir al hotel. Y acá estamos, de nuevo llegando a oscuras.

Martín se ríe, y dice que no pasa nada. Acá, El Churry maneja un hostel y tiene buenos precios, explica y señala la calle que corta la plaza. Es allá, al lado de una pollería, que es muy rica, y pueden cenar ahí.

– Pero antes de que se vayan, tienen que seguir conociendo Humahuaca – dice y chifla – ¡Beto, Beto! Vení un segundito.

Beto sale de la puerta de la municipalidad, que como en todos los pueblos, está sobre la plaza principal. Nos cuenta que así es Martín, que tiene la lengua larga, pero que es buena gente. Acá todos son buena gente. Y les gusta que el turista se sienta bienvenido, acompañado. Que sientan el cálido abrazo de este pueblo.

– ¿Quisieran conocer la Casa del Municipio? – pregunta Beto.

– ¿Ésa? – pregunto, señalando el edificio colonial del cuál había salido – ¿Ahora?

Beto asiente y empieza a caminar. Lo seguimos y de repente ya estamos adentro de la Casa de Gobierno. Nunca creí que entrar al edificio de un gobernante fuera tan fácil, y en este viaje ya me colé en dos. Al menos, a este me invitaron. Tiene un estilo parecido a la Casa de Gobierno de San Salvador de Jujuy, pero más minimalista, sin tantos adornos. Una escalera de madera de roble también conduce a un segundo piso, con un ventanal que también tiene vista a la plaza. Me asomo. ¿Cómo se sentirá un intendente al asomarse por la ventana y ver a su pueblo? ¿Caerá en la cuenta de su responsabilidad, de lo que significa representarlos?

  *             *             *

Entramos al hostel de El Churry y la realidad nos estampa en la cara la puerta que habíamos cerrado para aislarnos. La placa de TN decía “ENCONTRARON MUERTO A SANTIAGO MALDONADO”. Y ya no podemos ignorar lo que estaba pasando. ¿Qué le habría ocurrido al final?

– No saben todavía – dice El Churry – Lo único es que se lo encontró muerto en el río donde lo estaban buscando.

– ¿En serio? ¿Cómo es que no lo vieron antes? Pobre pibe – digo indignado.

– Sí, estos políticos de mierda se creen que somos boludos. Que justo va a aparecer por casualidad el cuerpo menos de una semana antes de las elecciones. Que no nos damos cuenta – exclama El Churry, y no puedo dilucidar a qué políticos en particular se refiere.

– ¡Churry! Vos sos El Churry, ¿no? – pregunta Adrián, y El Churry dice que sí – ¿Podrías poner C5N? Así escuchamos a las dos campanas del relato.

El Churry le pasa el control remoto, se agarra la cabeza, resopla, se va al fondo. Adrián hace zapping.

*             *             *

– ¡Luciano! – escucho el grito al entrar a la pollería. Aprovechamos el golpe de realidad para comprar comida y comer en el hostel, mirando la tele. Miro a la única mesa ocupada en la pollería. Eran Martín, Beto y otro hombre más.

Están comiendo pollo con unas birras Norte negras. Me sirven un vaso y me siento un rato con ellos. Les cuento mi viaje, la falta de plan, pero que estoy contento, que me gusta conocer y disfruto cruzarme gente como ellos.

– Que bueno que viajes con tu viejo, eh – me dice Martín.

– No es mi viejo – le digo y río – Nos conocimos con Adrián en el viaje y nos hicimos amigos.

Me saco el buzo, y el tercer amigo se levanta de la mesa, sorprendido. Corre hacia mí.

– ¡Es igual a Pablito Aimar! – dice Walter, el tercer amigo, probablemente en una rápida asociación por mi camiseta de fútbol – ¡Saquémonos una foto los tres!

Sacamos varias fotos. Una con cada celular. No me quise quedar atrás, y yo también tomé un recuerdo. Me llama el dueño del local; ya están listos mis pollos. Antes de irme, Martín se para y me abraza.

– Sos mi hermano – me dice al oído y me besa la mejilla.

– Martín, somos hermanos – le digo – Ya nos vamos a volver a ver.

     *             *             *

Suenan bombos y redoblantes. Desde un micrófono arengan “sí, se puede”. Y, de fondo, suena Tan Biónica, la gente baila. El hostel queda en la misma calle que una célula del PRO, que está haciendo su cierre de campaña… ¿un martes? Ellos festejan, y nosotros no podemos dormir. Por suerte, Humahuaca todavía tiene mucho para ofrecer.

Yo sabía que era impactante, pero verlo en persona lo hace aún más. El Monumento a los Héroes de la Independencia es de los homenajes que más me emociona. En un pequeño pueblo, su presencia es impactante. Quién sabe qué cantidad de escalones trepan una barranca para enaltecer a este monumento de gauchos e indígenas luchando juntos. Al frente, conduciendo al resto, se ubica un indígena de casi 10 metros de altura, con la mano en alto, formando una “V”. Un homenaje al pueblo argentino naciente.

A 3000 metros de altura, todo cuesta más. Nos quedamos sin aliento subiendo los escalones. El silencio y la noche robustecen la presencia de la estatua, alumbrada por unos focos. La rodeamos para descubrir que hay más pueblo, al que el monumento le da la espalda. Es tan impresionante que, por momentos, pareciera que es lo único que existe en Humahuaca. Pero no es así. Atrás, está el potrero que me comentó Martín Gallardo. Unos niños humahuaqueños juegan un picadito. Será que tampoco pueden dormir hoy.



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