5 | “Soy el que nunca aprendió” | Iruya

5 | “Soy el que nunca aprendió” | Iruya

“Caminito al costado del mundo, por ahí he de andar, buscándome un rumbo. Ser socio de esta sociedad… me puede matar”, se escucha entre los parlantes del micro. Entra polvo por el chiflete de las ventanillas entre curva y curva. El camino es largo, pero lo disfrutamos igual. Ya escuchamos varias chacareras, todo el álbum “Zamba para la siembra” de Los Chalchareros, y ahora es el turno de La Renga. Lo miro a Adrián y me acoplo a “El Revelde”: “Soy el que nunca aprendió, desde que nació, como debe vivir el humano. Llegué tarde: el sistema ya estaba enchufado, así funcionando”.

A pesar de que Adrián está apurado, en la disyuntiva entre alcanzar a la van de su hermano en Ecuador o conocer bien el camino transitado, eligió lo segundo. Así, nos desviamos varios kilómetros de la Ruta 9, la famosa Panamericana, y encaramos hacia la localidad de Iruya, un pueblito perdido entre las montañas, en el noreste de Salta, el tramo de la provincia que pretende abrazar a Jujuy. Queríamos probar hacer dedo, pero nos advirtieron: es un camino difícil, es todo ripio, se pueden perder en las bifurcaciones, casi nadie va para allá en auto.

Así que emprendimos el viaje en micro, cómodos a pesar de la tierrita que ahora vuela entre nosotros, y por momentos, nos obliga a frotarnos los ojos. Un empleado de la empresa de micros se pasea por el pasillo. Tiene el cachete derecho infladísimo. Tira algunos chistes y sonríe: está mascando una cantidad impresionante de coca. El labio lo tiene reverdecido, al igual que los dientes, teñidos, y la piel de la cara parece estar estirada. Estamos en la altura. Lo cual me hace ser precavido y me acomodo un par de hojitas de coca en el cachete.

– ¿Querés? – le ofrezco a Adrián.

Gracias, dice y agarra un puñado. Ya le había explicado que no tiene que morderlas, que tiene que mantenerlas en la boca, entre los dientes y el cachete, y dejar que la saliva haga una especie de infusión. Pero no tiene paciencia para eso: las muerde y le quedan pedacitos de hojas cortadas en cada sonrisa que da al cantar La Renga.

“Estaba el diablo mal parado, en la esquina de mi barrio, ahí donde sopla el viento y se cruzan los atajos”, suena ahora. Probablemente, la letra haga alusión a alguna situación en Mataderos, de donde nació La Renga, o algún barrio del conurbano. Pero en mi imaginación, el diablo siempre estuvo “mal parado” en un camino como éste: seco, con mucha tierra, y un Sol tremendo que arrasa. Y en cada bifurcación pienso en eso. En lo lejos que estamos. Iruya, en medio de la nada. Y la memoria del chofer, que cuando el micro llega a cada una de las bifurcaciones del camino de tierra, sin ninguna señalización, no duda.

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– ¡Ei! ¿Qué hacés acá? Qué lindo verte.

Lo miro al bajar del micro. Una melena de rulos y un flequillo que inmediatamente asocio al de un Poodle. ¡Es Fernando! El veterinario que conocí en San Salvador. Yo todavía estaba girando por la ciudad, meditando qué hacer. Él, buscando dónde quedarse la noche. Había viajado para un congreso de veterinaria, y al día siguiente iba a partir en auto a recorrer la Quebrada de Humahuaca. Si te quedás acá la noche, mañana te llevo, me había dicho. Pero esa posibilidad nunca existió.

Nos contamos qué camino hemos recorrido estos días, y qué loco que nos cruzamos de nuevo, eh. Cuando quieras, te podés quedar en mi casa en Rafaela, si pasas por allá, me dice.

– ¿Y qué te pareció Iruya? – pregunto.

– Muy bonito. Las calles, la historia, la montaña, los colores. Bellísimo. Che, y podés quedarte del lado nuevo del pueblo – me extiende un papelito que dice “Lo de Santy” – Ahí te va a atender Santy, que tiene unas habitaciones en su casa re baratas, a $120. Y además está su familia, que son muy buena gente. En serio, vayan.

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La ciudad es vertical. Un Machu Picchu poscolonial, pienso mientras subo los escalones de piedra que en realidad son la calle. Algunos pocos autos se atrevieron a hacer el camino, y están estacionados en la entrada del pueblo, en frente a una iglesia amarilla antiquísima cuya cruz es el ancla del cuadro panorámico de Iruya.

Caminamos unas verticales 10 cuadras, ¿o son menos? Quién sabe cómo contar las cuadras aquí. La cuestión es que hay un mirador debajo de una antena con algo de sombra. El clima mata. Pero la vista es inmensa. Las montañas rojizas y violáceas abrazan este pueblo, cortado al medio por un río que intenta hacer algo de presencia entre las piedras grises: todavía no es la estación lluviosa y el agua escasea. Hay una polaridad vistosa. De nuestro lado del río, es la ciudad colonial. Calles empedradas, escaleras verticales pero relucientes, edificios españoles, puertas verdes, paredes blancas. Del otro lado, donde dejamos nuestras cosas en “Lo de Santy”, está el pueblo moderno. La entrada es un potrero de tierra grisácea de fútbol 11 ¿Quién correrá tanto a esta altura? Más adelante, algunos edificios naranjas, de ladrillos sin revestir, y un improvisado camino de tierra que trepa la montaña, y en el que la gente fue encontrando su lugar para la construcción.

– ¿Sabés la corriente de agua que debe agarrar por ese camino cuando llueve? – dice Adrián.

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“Si dejo elegir a mis pies, me llevan camino del mar”, se refería Drexler a su tan querido Río de la Plata en Montevideo. Así, nosotros nos contagiamos su esencia y elegimos el río al mediodía, como en Tilcara.

Seguimos el camino río abajo, atravesando el pueblo, poco a poco dejándolo atrás, pero primero atravesando su sección rural. Unos potrillos atados en una cantera, una pequeña parcela que parece alimentar a una casilla, unos cabritos reunidos en un establo. Caminamos y descubrimos. Hasta que pasa una pick–up. Le hacemos dedo. Hace seña de que subamos a la caja. Así, descansamos para el último tramo. Nos miramos, reímos. Dejamos que el viento nos despeine mientras se lleva nuestras palabras.

 Miles de familias se refrescan en el río. No somos los únicos fulminados por el Sol. Unos nenes construyeron un dique con piedras y troncos y juegan en su pileta. Ahora, caminamos río arriba. Buscando tranquilidad, y nuestro lugar en el sobrepoblado río.

El río se divide al chocar contra una gran piedra gris. Lo hacemos nuestro lugar. Nos mojamos, nos sentamos sobre el río; frío. Algunas piedras sirven de asiento, y mientras la corriente nos empapa las piernas, charlamos de la vida.

– Entonces yo veía que me dormía en clase, que no me interesaba. Cuando iba a cursar siempre pensaba en qué otro lugar quería estar. Eso no es vida. Así que un día me desperté y decidí no ir más a cursar. Y a la semana ya te había encontrado – le comentaba a Adrián.

– Qué loco, je. Che, ¿pensás estudiar otra cosa cuando vuelvas?

– No sé. Me gusta escribir. Me gustaría dedicarme a eso. Estaba viendo que sacaron una nueva carrera en la UNA: Artes de la escritura. En una de esas, me mando. O periodismo, qué se yo.

– Es lindo dedicarse al arte, pero es complicada la inserción laboral. En la escritura, o le vendés el alma y tu libertad de pensamiento a un medio gigante, o te cagás de hambre. Eso me llevó a desmotivarme en Comunicación, je.

– Y vos, ¿volverías a estudiar?

– Siempre me quedó pendiente eso, je. A veces se hace muy cuesta arriba. Nueve años en el conservatorio y me pudrí. Imagínate. Pero me gustaría terminar una carrera.

– Si, igual viviste un montón de cosas. Eso está bueno también. No te quedaste estancado en un trabajo que te hace infeliz por lo menos.

– Mirá. Hay varios modos de acercarse a la felicidad, o la realización de uno mismo. Uno puede conseguirla mediante lo laboral, el crecimiento profesional. Otra es mediante el conocimiento, aspirar a conocer más sobre el mundo que te rodea, o algún ámbito en particular. Y la que había elegido yo, de pibe, fue la del crecimiento espiritual. Nutrir al Ser.

– ¿Eso fue cuando tenías 24?

– Claro, me despojé de todo lo material. Busqué el camino con los Hare Krishna. Pero tampoco es tan absoluto. Hoy me alejé más de ese camino. A veces uno encuentra equilibrio con un poco de cada camino. Pero cuando uno ve a alguien como algunos de mis maestros, como Sai Baba, nota la iluminación a la que pudo llegar por mantenerse en ese camino. Y te hace pensar qué hubiese pasado si invertías tu tiempo ahí.

Adrián sonríe. Agacha la cabeza y se moja con el agua. Yo me meto un poco más profundo, agarro una piedra blanca y otra negra. Las aprieto. Las balanceo en la palma de mi mano.

– A mí me gustaría saber qué camino me hace feliz. Cuál seguir – le digo – Me gustaría pensar que la vida tiene las fases que comenta Nietzsche en “Así habló Zaratustra”. Que llegamos al mundo como camellos, y nuestra joroba se va llenando con un baggage de experiencias, tradiciones que nos inculcan. Todo eso que nos enseñan, y absorbemos sin procesarlos. Pero después llega la etapa del león, y como un rugido de furia, negamos todo ese baggage. Nos deshacemos de la joroba. Es una etapa de negación, de querer ver el mundo arder. El mundo que conociste, al cual caíste. No todos llegan a esa etapa. Algunos viven toda la vida como camellos. Me gustaría pensar que soy un león ahora. Que este viaje me va a cambiar. Que se viene algo mejor.

Je, si te entiendo – ríe Adrián y con la mano mojada peina su pelo hacia atrás – Yo tuve mi etapa de león, en ese momento que me despojé de todas mis cosas. Años viviendo en pensiones. Pasando mucho tiempo solo. Buscando encontrarme

– Y después viene la etapa del niño. Una vez que ya estás libre de tu joroba, de prejuzgar la realidad a través de esas nociones que te fueron inculcadas, estás listo para ver todo con ojos nuevos. Ojos de niño que se sorprende con cada cosa que ve, porque todo es nuevo para él. Es como que hay cierta belleza en todo lo que nos rodea, ¿no?

– Tal cual. Hay que ver todo con ojos de niño. Igual, creo que a veces las tres etapas coexisten en mí. Por momentos creo que llego a ver con ojos de niño, pero el rugido del león se vuelve fuerte y con ganas de mandar todo a la mierda, je.

   *             *             *

El valle comienza a iluminarse con las sucesivas y aisladas luces que prenden las casitas de Iruya. El Sol cae mientras volvemos, esta vez a pie. Y el apetito despierta con los huevos fritos que se cocinan en minutos, sobre la plancha calentada a leña, en ese barril en una esquina del pueblo. Nos quedamos viendo el espectáculo. El olorcito a milanesa, los panes tostándose. Una delicia que está en proceso de convertirse en un sánguche de milanesa completo.

– ¿Adrián? – interrumpen nuestra devoción hacia el puestito.

Es Sebastián, el hippie con el que fuimos a las Salinas. Nos señala en la otra esquina a Soledad y Male.

– Qué alegría encontrarnos acá. Que loco, je – dice Adrián.

 – ¿Vienen a tomarse unos mates? – nos invita Sebastián.

Encontramos un lugar espectacular en frente a la Iglesia. Una esquina redondeada, un empedrado levantado, como el descanso de una escalera, plano, un oasis en este pueblo en pendiente.

Sebastián y Sole nos cuentan que este viaje es, por igual, vacaciones y un proyecto de mudanza. Que quieren alejarse de la ciudad. Ya están hartos de La Plata, pero que tampoco se están imaginando demasiado viviendo en algún pueblito de acá.

Giran los mates, con azúcar, y todas las manos, desesperadas, se juntan en la bolsa de bizcochitos que compramos en la panadería.

– ¿Y en donde se imaginan viviendo? – pregunta Adrián.

– Algún lugar más verde, para que Male pueda estar en contacto con la naturaleza, que juegue en la tierra – explica Sole, mientras suelta el pelo de su enorme vincha y descubro que tiene rastas – Ya intentamos vivir en el Sur, en El Bolsón.

– Yo estuve en El Bolsón, relindo – les digo, y les muestro mi tatuaje del Cerro Piltriquitrón en el pecho – Me encantó tanto que me hice esto. Siento que es mi lugar en el mundo.

– A nosotros también nos encantó. Estuvimos vendiendo nuestras cositas en la feria – cuenta Seba – Pero no nos llegamos a mantener nunca. Vivimos tres o cuatro meses en el camping libre en la ciudad. Y no teníamos problema con eso. Pero Male era chiquita, tenía ¿qué, dos años? – mira a Sole, que asiente – Y ya estaba cayendo el invierno. Y el frío nos mató. Volvimos a La Plata. Los costos eran muy grandes para tener un techo en el Sur.

Del otro lado del valle, en el pueblo moderno, ya están todas las luces prendidas. Y eso es lo único que ilumina esa ladera. Las rocas y las puntas de la montaña, ya difuminadas, van cediendo su forma a la oscuridad. Male está parada en la punta de la esquina, mirando atónita, el paisaje, las primeras estrellas, su contraste con la Iglesia, aún iluminada.

– Che, nosotros pensábamos morfar unos sánguches de milanesa en el puestito de allá – dice Adrián – ¿Se suman? 

Y eso desató otra tormenta de discusión alimenticia, como aquella vez en el auto. Sebastián, sin dudar, quería comer ese sánguche, que chorreaba aceite y caricias al estómago. Sole no podía creerlo, decía, que está bien que el viaje nos obligó a comer carne, que hay poca oferta vegana, pero eso ya es un abuso y, además, andá a saber si mezclan la carne cruda con los vegetales, y cocinan todo en la misma plancha, qué asco, yo ni en pedo como eso, voy ya al súper y me voy a hacer mi propio sanguchito, vení Male.

– No, má. Quiero mila con papas – grita Male y empieza a llorisquear.

– Dejá a la criatura comer lo que quiere, Soledad – impone Sebastián.

– Bueno, pero cuando ande con dolor de panza, o vaya a saber uno qué se va a agarrar con esa comida, te hacés cargo vos, eh.

      *             *             *

Male corre al tobogán. Se tira. Corre hasta Seba, le da un bocado al sánguche. Se lleva una papa, y corre al tobogán mientras come la papa. Una y otra vez. El tobogán es altísimo, de solo verlo me da vértigo y miedo por la velocidad que agarran los nenes al caer. Es el tobogán más alto que vi en mi vida ¿Será una apología de la altura que se hace acá en el norte?, pienso y me río solo.

Un perro blanco viene corriendo y se sienta arriba mío. Le acaricio las orejas y me sorprende que no busca el sánguche.

– Qué asco ¿Cómo lo vas a tocar mientras comés? – se indigna Sole, mientras corta con su cortaplumas la palpa y el tomate para hacer su sánguche vegano.

Le explico que no me importa, que, es más: me encanta que el perro haya venido, si fuera por mí comería siempre así.

 De repente, una mala maniobra de la navajita de Sole hace volar el pan y sus rodajitas de tomate, que caen directo al empedrado de la plaza. El perro salta de mis piernas y vuela al lugar donde cayó el pan. Y lo lame.

– ¡No, no, no! – grita Sole. Le saca el pan al perro, y se lo frota en la remera. Después agarra las rodajas de tomate, las sacude, y termina de armar su sánguche. Le da un mordisco.

– Al final hubiese sido mejor que compraras el sánguche de milanesa, je – dice Adrián. Sole revolea los ojos.

Malena viene corriendo cuando ve el perro. Lo abraza y el perro le lame la cara.

– Perrito lindo. Perrito lindo. Vení, vamos a jugar – le dice.

¿Serán esos los ojos de niño de los que hablaba Nietzsche?, pienso.



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