6 | De esos días que todos te sonríen | La Quiaca

6 | De esos días que todos te sonríen | La Quiaca

Cebo otro mate y Fierita se acuesta sobre mis piernas. Acaricio sus orejas paradas, tomo el mate, miro la montaña: el lado colonial del valle. El Sol está espléndido: no es muy temprano ni muy tarde. Fierita me lame los brazos. Hay días en los que estoy en sintonía con el mundo, y seguro de mí mismo, y siento que todos me sonríen. La familia de Santy me saluda con una sonrisa, los otros huéspedes también, y su perro no se separa de mí: Fierita me mueve la cola.

Nada puede perturbarme, excepto la incertidumbre de cómo seguirá mi viaje, que, a la postre, no es una gran preocupación, sino una decisión que había tomado mucho antes, al momento de salir: no quería saber exactamente qué ruta hacer, ni en qué lugares parar, ni cuándo volver. Pero, no esperaba que tuviera que lidiar con disyuntivas como la que me alcanzó en el desayuno ¿Será hoy mi último día de viaje con Adrián?

Adrián se había despertado más temprano; está lavando su ropa. Hoy tenemos planeado tomar el micro de vuelta a Humahuaca, cerca del mediodía, y seguir el viento al norte hacia La Quiaca. Y después, ¿dormir ahí, cruzar la frontera? Las incógnitas son muchas, pero la certeza es que Adrián lleva mucha prisa y pretende saltearse toda Bolivia. Yo, por un lado, quiero recorrer tranquilo Bolivia, pero no estoy seguro de querer prescindir de Adrián, sus enseñanzas, su paz.

Termino el agua del mate y empiezo a jugar con Fierita. Corremos, la volteo, le rasco la panza. La terraza es nuestro lugar.

   *             *             *

– Hacelo bailar.

– ¿Qué? – miro confundido a la mano del nene, que sostiene un trompo de madera, con un hilo blanco enrollado.

Viene otro nene, con otro trompo, y me muestra.

– Así se le hace bailar – dice, y suelta rienda al trompo, que cae sobre la calle empedrada de la tan colonial Iruya.

El trompo gira y se mueve entre las grietas del empedrado. Pasa entre las piedras como si fueran obstáculos. Baila.

– Tomá. Hacelo bailar – me dice el primer nene.

Agarro el trompo y tiro del hilo, con todas las ganas de que el trompo baile, que los nenes se diviertan. Pero, rebota contra uno de los adoquines, pega un salto y se frena.

– Perdón, creo que no se jugar – le digo apenado.

Adrián viene y me pregunta si yo tengo los pasajes para el micro de vuelta, que ya está viniendo. Abro la billetera, y se los doy.

– ¡Cuánta plata! – se sorprende el nene, abre los ojos.

– No sé si es mucha – le digo – Son todos billetes chicos – miro la billetera y pienso que sí, quizás sea mucha plata.

*             *             *

Avanzamos por las calles de La Quiaca. Cada vez más profundos en la ciudad. Un giro lleva a otro, y estamos en medio de asfalto y cemento, sin alguna idea particular de en qué parte de la ciudad estamos. La Quiaca nos agarró desprevenidos. Esperábamos encontrar un asentamiento de unas pocas cuadras y un paso fronterizo. Nos encontramos con una urbanización tremenda, una gran ciudad. Después de varios días pasando de pueblo en pueblo, había olvidado lo que se siente estar en una ciudad. El movimiento, la infinidad de posibilidades, detrás de cada puerta hay más de una historia posible, y yo nunca voy a llegar a descubrirlas. Es abrumador. Y no sabemos qué hacer.

Sí, ya se hizo de noche. Otra vez llegamos de noche a un lugar nuevo. Es más difícil manejarse. La oscuridad trae desconfianza. Las puertas ya están cerradas, y con eso se van las recomendaciones. La frontera también cerró, o eso nos dicen, pero, además, nos aclaran, que es peligroso cruzar a esta hora, que, del lado de Bolivia, en Villazón, hay mucha inseguridad. Y los hostels son caros. Adrián pregunta y vuelve angustiado: 400 esta vez. Mejor que el anterior: estaba a $500.

Damos vueltas en círculos, seguimos caminando, corregimos el rumbo con otras recomendaciones o rumores que nos llegan de los lugareños. Nos cruzamos con otra Unidad Básica del PRO. Suena, claro, Tan Biónica. Hoy es jueves. Hoy es el cierre de campaña. Los vecinos festejan. Hay una parrilla que va sacando unos choripanes.

-Che si nos hacemos los boludos a ver si nos dan un chori – dice Adrián.

Dale, le digo, y nos acercamos a la parrilla. Fingimos una charla cotidiana. Pero nuestras mochilas nos delatan. Es obvio que no somos de acá: no vamos a votar el domingo. Brindarnos una caricia de choripán es infructuoso para el partido.

– Hablemos con la gente, probemos un rato más – me niego a rendirme a recibir mi chori.

Nos unimos a un grupo de viejitos y les preguntamos si están contentos por las elecciones del domingo.

– Claro – me dice uno – Hay que votar para que no vuelvan más. Argentina tiene la oportunidad de deshacerse de la corrupción y progresar.

El viejito cuenta que ya no hay que mirar atrás, que esos 12 años destruyeron al país, se robaron todo, pero hay que mirar adelante, a la Argentina que se viene. Las manos del asador trayendo dos choris lo interrumpen. Funcionó.

– Faltó que nos dieran la coca – dice Adrián entre risas.

  *             *             *

– Bueno, les puedo dejar la habitación para dos a $200 – dice Marta, y por fin me pongo contento.

Marta es la dueña de la pensión que nos recomendaron en la Unidad Básica del PRO. Queda un par de cuadras al este, es decir, aún más lejos del paso fronterizo. Pero la zona es tranquila.

– No sé, che – empieza a explicar Adrián; yo me altero – Mirá, nosotros teníamos planeado llegar más temprano, pasar la frontera. No teníamos previsto hacer gastos imprevistos acá, en la Quiaca. Tenemos que pensarlo un poco.

– Hasta $150 les puedo dejar. Más no.

– Mmm – Adrián duda; yo, nervioso, quiero que acepte ya – Bueno está bien. Nos quedamos acá.

– Buenísimo – dice Marta – ¿Querés llevar a tu hijo a comer a algún lado?

– No es mi hijo. Somos amigos. Nos conocimos en el viaje.

– ¿Cuántos años tenés? – Marta me mira.

– Diecinueve.

– ¿Y vos?

– Cuarenta – dice Adrián.

– Buenos, igual pueden ir para el Mercado – explica Marta – Hoy hay fiesta.

Dejamos nuestras cosas en la habitación de la pensión y decidimos ir a buscar la fiesta.

– Qué bien que regateás, che – le digo a Adrián.

 *             *             *

Ch taca ch taca ch. Suena la cumbia. Frena.

– Esto fue “Liberados” y ¡Buenas noches la Quiaca!

Llegamos para el final. Se escuchan aplausos y una más que no jodemos más. Miro alrededor y están todos quietos, con los brazos a los costados. ¿Está saliendo del parlante el sonido del “público”?

– Que triste, che – dice Adrián – parece como si esto fuera lo mejor que les pudiera pasar. Viene a tocar esta bandita y todo el pueblo viene a escuchar.

“Liberados” accede a la cuestionable petición del público y toca una última canción. Unas chicas vienen a hablarnos. Natalia y Camila, se presentan.

– ¿Son de acá? – pregunta Natalia.

Les contamos que estamos viajando y cómo nos conocimos. Camila se ríe. Creí que eras su papá, le dice a Adrián. Natalia comenta que ellas si son de acá, pero que viven ahorita en Tucumán, que ella estudia veterinaria y yo abogacía. Vinimos por el finde, dice.

– Esto ya está terminando, vamos a otro lado – dice Natalia.

Adrián dice que sí, dale, pero ¿a dónde? Las chicas no se ponen de acuerdo. Adrián propone ir a tomar unas birras, pero ellas dicen que no toman, que qué se yo, vamos a la otra fiesta en tal calle que todavía deben estar.

Llegamos y no lo puedo creer. Es el cierre de campaña del FPV. Nunca había estado en uno, y hoy ya van dos. Las chicas se divierten con los juegos y sorteos.

– Y sale el 38! A la una, a las dos… ahí está. ¡Señora! No se me emocione, por favor. Tome el ticket, con esto puede retirar su tostadora a partir del lunes.

De repente, las chicas se esconden atrás nuestro. Sí, se agachan, y se ocultan entre nuestras espaldas y la pick-up roja que está estacionada.

– ¿Pasó algo? – pregunto

– Si, es que ese es Paco. Está loco. Me da miedo – explica Camila.

– Es un ciruja que siempre anda girando por las calles – sigue Natalia – ¿Y ves esa botella de vidrio que tiene en la mano? Siempre anda con una así y cuando se enoja la revolea. Ha roto ventanas, autos, todo.

Paco el ciruja desaparece en la oscuridad. Se aleja de la fiesta de la gente. Y nosotros seguimos contando nuestras experiencias, del tipo loco de los registros Akáchikos en Tilcara, el dedo fallido en Purmamarca, los humahuaqueños que me confundieron por Pablito Aimar. Finalmente, Camila dice que se tiene que ir a su casa, que la llama la mamá. Adrián también, dice que se va a dormir.

– ¿Vos venís? ¿Pregunta mi mamá si te vas a quedar? – Camila le pregunta a Natalia.

– Ay no sé…

– Yo creo que voy a ver un rato las estrellas en la plaza, si querés venir – le digo.

– ¿Las estrellas? No se va a ver nada.

– Que se yo, hoy siento que estoy en un día de suerte, de esos que todo el mundo te sonríe, y que no querés dejar que se te escape. No quiero ir a dormir. Capaz pasa una estrella fugaz.



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