Avenida Corrientes | Un pasillo con olor a libro viejo

Avenida Corrientes | Un pasillo con olor a libro viejo

La avenida Corrientes muestra su transformación. Tiene dos carriles que serán peatonales de 7 pm a 2 am. Comerciantes y visitantes reflexionan sobre los cambios que ha tenido en su larga historia.

Un pasillo que parece dividir Buenos Aires en dos para dar lugar a que se vea su corazón, el Obelisco. Eso es la avenida Corrientes. ¿Quién puede imaginar a la ciudad sin ella? Está hace tanto tiempo que se hizo parte de la identidad porteña y abrió sus puertas a una vida nocturna “maravillosamente atorranta”, como la bautizó Roberto Arlt. Figuras importantes como Gardel y Borges también han charlado en sus bares, disfrutado sus teatros, y conseguido una buena lectura gracias a sus librerías.

Corrientes, tan repleta de librerías. Parece que el conocimiento del mundo hubiera querido mostrarse en una masiva feria urbana. En cada cuadra, asoman e invitan a chusmear autores como Lacan, Orwell, Nietzsche, y Stevenson – la prosa preferida de Borges. En las librerías de compra-venta, siempre ponen a los clásicos al frente como carnada. Una vez dentro, una explosión de páginas amarillentas sorprende con algunas historias ya olvidadas y ediciones especiales.

La librería Monk Bookhouse tiene los distintos géneros agrupados en cajas. Una de ellas es la de bestsellers. Pero por ningún lado se encuentra a Stephen King o Arturo Perez-Reverte: son libros que fueron los más vendidos en otras épocas. Hoy, el mundo los ha olvidado, pero aquí todavía tienen guardado su lugar especial, inmaculado al paso del tiempo.

“Hace casi diez años que soy librero acá”, comenta Maximiliano, y con una sonrisa mira la extraña colección de exestrellas, “es una oportunidad de estar en contacto con ediciones extrañas y material interesante, en este caso por ser libros usados”.  Maximiliano aprovecha su trabajo para leer, estar en contacto con la gente, y reflexionar: “Corrientes es un crisol de la sociedad y la clase media argentina. Hay gente que va al teatro y llega con lo justo para la entrada, gente acomodada, estudiantes charlando en cafés”.

Desde la caja de la librería ve cómo las personas caminan por el pasillo. Algunos, apurados, van a la oficina. Otros pasean y hojean libros. Desde hace pocas semanas, también ve una pared con plantas que divide la calle en dos: la parte peatonal y la transitada por autos. “Nos llenaron de cemento”, analiza Maximiliano, y cree que la nueva reforma “le sacó el encanto: estéticamente, es un espanto”.

Sin dudas, llevar a cabo la obra significó paralizar la vertiginosa rutina de la avenida. Durante ese tiempo, estuvo restringido el paso de automóviles, y debido a los ruidos, los transeúntes la solían evitar. Para los comerciantes fue una enorme pérdida y muchos siguen molestos.

“Corrientes es un crisol de la sociedad y la clase media argentina”

Maletines se balancean como alborotados relojes de péndulo, intentando seguir el rápido paso de sus trajeados portadores. Un niño señala al pochoclero mientras su madre, distraída, hojea el último libro de Darío Sztajnszrajber en un kiosco de diarios. Resuena el tic-tac de los tacos de mujeres que escapan de la oficina. Todos manejan tiempos diferentes en Corrientes. “¡Los libros están de regalo! ¡Lléveselos! ¡Super ofertas!”, grita disimuladamente el dueño del kiosco. Finalmente, la mujer decide no llevar su ejemplar. El kiosquero suspira y confiesa: “las obras fueron una catástrofe total. No pensaron en los estragos que iban a causar. Prometieron una entrada monetaria que nunca llegó”.

Corrientes parece, por momentos, permeable al paso del tiempo o cualquier cambio que le hagan en su exterior. Varias disquerías y videoclubs tienen aquí su refugio. Mientras en el resto del mundo estos formatos perdieron la batalla, primero contra sitios piratas en internet, luego contra plataformas de streaming, en este pasillo todavía tienen lugar para brillar.  En agradecimiento son, a su vez, museos de los éxitos argentinos. Disquerías exhiben con orgullo discos de vinilo de Soda Stereo y posters de Gardel, mientras que los videoclubs ostentan clásicos como “Plata Dulce”, “Operación Masacre” y “Carlito´s Way” – el espectacular policial de Brian De Palma que junta a Jorge Porcel con Al Pacino.

Si bien muchos edificios se han renovado en la extensa historia de Corrientes, a veces luce como un santuario de los edificios que originaron su identidad. La primera heladería de Argentina, El Vesuvio, es uno de los monumentos que aún siguen de pie y en funcionamiento. Mariano, su dueño, afirma con orgullo que “acá venía Carlos Gardel a tomar el helado”.

El Vesuvio es parte del espíritu de la avenida, pero vive en sus propios recuerdos. Es parte de un pasado recurrente en los porteños: la fundó una familia de italianos que llegó al nuevo continente con esperanzas y una máquina para hacer helados. Tiene el honor de poder alardear que sus productos fueron degustados por varias generaciones de argentinos desde 1902. Es una experiencia única mirar el vitró del volcán Vesubio y poder probar el mismo helado que se hacía cuando Corrientes todavía era calle y no avenida. Mariano aclara que el “vitró está desde siempre”. 

No obstante, es innegable que las circunstancias se modifican con el paso del tiempo. Seguramente, en alguna librería de algún autor cite a Heráclito diciendo que no es posible bañarse dos veces en un mismo río. Quizás, alguien lo comente, con nostalgia e ironía, mientras toma un café en La Paz.

“La calle Corrientes era un lugar de ebullición para la intelectualidad y la izquierda”

Carlos pasa las páginas de La Nación en una de las mesas exteriores del café La Paz. En otra época, comenta, seguro habría estado “leyendo a Lacan”. “La calle Corrientes era un lugar de ebullición para la intelectualidad y la izquierda. Podían hacerse muchas cosas: tomar un café con un amigo, discutir el sentido de la existencia o hablar de política”, recuerda Carlos mientras acaricia la mesa del bar que tantas veces fue su refugio para pensar.

El café La Paz no es el mismo que abrió sus puertas en los ’50 en la esquina de Montevideo. Con su fachada compartida con un kiosco, y una enorme entrada de vidrio que deja al desnudo su modernización, es apenas una sombra de su rico pasado. “Los cambios que sufrió Corrientes son los mismos que sufrió Buenos Aires y el país. Evolucionó un concepto de modernidad muy diferente a lo que se creía antes. No existe el mismo público que iba a La Paz en los 60’ o 70’; con la dictadura, reunirse se volvió peligroso. Perdió su encanto y el ser un lugar de reunión”, analiza el señor.

Carlos guarda cierto optimismo: “Corrientes conserva su esencia en nichos como el Teatro San Martín y algunas librerías”. Es común que las ciudades muten. Viejas casonas son destruidas para construir edificios. Adoquines se retiran para dar lugar al asfalto. Éste es maquillado para convertirse en un espacio peatonal. Maximiliano, el librero, dice que “no hay cambios importantes. Algunas librerías abren, otras cierran. Pero Corrientes siempre va a ser la calle de las librerías”.

La identidad de este pasillo con forma de avenida está plasmada en esas páginas amarillentas con olor a libro viejo. Y éste no es el mismo que el olor a libro nuevo. Hay quienes saben apreciarlo, porque cuenta una historia, como las ediciones extrañas de la librería Monk Bookhouse.

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post:

Plaza Lavalle | Uno de los rincones más tradicionales de Buenos Aires

Mirá otro post de Retorno Nómade



Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *