Berlín: Caminata a través del tiempo

Berlín: Caminata a través del tiempo

Colaboración de Carlos Rubione.

Me encantan los viajes que me modifican. Me encantan esos viajes que, con el paso de los años, lejos de amarillentarse, nos devuelven pulsiones nuevas, vívidas y, una y otra vez, regresan a nuestra mente con una nueva lectura.

Berlín, la incógnita. Una de las ciudades cenitales del planeta que no conocía.

Todo empezó con un vuelo desde una Bruselas sitiada por una huelga que los medios se negaban a admitir. El vuelo en un turbohélice de Air Berlín me predisponía a sentirme el personaje de una película en blanco y negro. Era mayo, un siete.

Berlín, su aeropuerto, su aeropuerto azulejado y ocre. Sus uniformados de botas altas que revisan valijas. Tiemblo, definitivamente estoy en la película blanco y negro. Salgo: no sin ayuda de una azafata, doy con un taxi que olía a viejo. Eludiendo peligros, me dirijo al centro.

Berlín. Sus miedos. Dos pasados, una ciudad en construcción 50 años después del Muro, 70 después de la mayor guerra. La ciudad conmemora el fin del nazismo. No hay alegría en la conmemoración y sí desconcierto en el visitante. Me pregunto: ¿Que significa el énfasis en el interludio entre el final de un horror y el comienzo de otro, el del ejército rojo, y su ocupación de sangre y espanto? Dice que hay heridas que no se cierran, me digo. Hay una consciencia que se revuelve, que se indigna de si misma, se cuestiona sin flagelarse, se acepta con la condición de no olvidar. La guerra, las guerras, están ahí.

Caída del muro de Berlín

Berlín. El impacto. No puedo sustraerme al caminar por FriedrichStrasse hacia Checkppoint Charlie. Kioscos ad-hoc recuerdan la fecha y muestran la alegría de aquel entonces. Hay que saludar una rendición como el logro importante de una comunidad y por todas partes aparecen venas abiertas y cauterizaciones, la caída del Muro, el previo cisma de las familias a uno y otro lado de la línea divisoria. Mientras, la intelectualidad dolida, muestra matices que no son de Hollywood, desgrana defensa de latrocinios y monta escenarios teatrales contra el genocidio armenio o chino.

Berlín es franca y se expone hasta el precipicio. Es justo. Después de todo, la guerra sucedió aquí. También en Koln, donde es posible disfrutar una tarde tigrense. Pero solo Berlín es el epítome del apocalipsis. Contrastes, atonías. Me dicen que el este ya no es lo mismo, que sus edificios, tampoco; que han tapado todos los agujeros de metralla. Es un alivio, ese gesto de humanidad. No puede uno levantarse y encontrarse en la pared de enfrene los cañonazos del 45. No hay manera de levantarse todos los días con ese fondo de pantalla. Es una confesión: las heridas están abiertas. Crear a partir de ellas es buscar una sanación…

Más allá de la Puerta de Bradenburgo, en ese mismo este que todavía puede reconocerse algún cañonazo, Berlín es, quien lo diría, una fiesta. Es la apertura de la fiesta del Carnaval de la Culturas. Berlín se festeja a si mismo multicultural y valiente. Festiva y foodie, libre y respetuosa. Cuatro días con desfile incluido, música de todos los sonidos, comidas de todos los sabores, y la tolerancia como estandarte y carta de presentación. Quise atiborrarme de Berlín y durante todo un día escuche y engullí todo cuanto mi organismo aguantó.

Berlín, carnaval de las culturas

Volví por Friedrichstrasse al hotel, pero esta vez sólo vi la técnica lujosa de los automóviles más increíbles, los alardes de la industria alemana, tan eficiente, tan cercana al estereotipo. Es otro presente que anida en el pasado. Berlín ha echado a la industria, tan alemana, y bendijo al arte, tan universal. Berlín se abre cosmopolita, colorida, de diseño.

Berlín busca lo trascendental a través del arte. Y se expía. Y se ofrece en un espectáculo, The Wyld, creador del diseñador parisino Thierry Mugler, vaya paradoja. Mezcla de Circ de Soleil con Las Vegas, cuyo latiguillo juega con la homofonía: into the wild…suena a promesa y a acto de fe. Apabullante, explosivo, juega al pin ball con uno, que al final, terminados los impresionismos, se pregunta por el significado. Las viejitas locales que me compartieron una entrada lo tienen claro: sintetiza ese salto de Berlín hacia la creatividad sin límites. Es el nuevo Berlín, con la vista en el infinito interestelar, y bajo el reinado de Nefertiti. Es la reinvención.

Berlín. El resuello, otro pasado. Mi última caminata es hacia los muesos al costado del río. El Neues Museum, el Pergamo: volver a ver a Nefertiti y comprender

Berlín es haber atravesado un volcán. De mente multifacética y desenfrenada, aunque educada en sus maneras, Berlín me da una persona joven a quien no conocí del todo, y que quiero conocer más. Porque esta persona joven tiene historias, y eso lo hace atrapante como la miel.

Muro de Berlin, pintado por artistas

Cada tanto estaciono mi ávida mirada en las malas fotos de celular y Berlín se me apersona en muchas de sus formas. Quizás ella sea mi próxima preferida. Como un presagio, aquella vez, no tuve ninguna dificultad para tomar un taxi y embarcar en el aeropuerto hacia mi siguiente destino.

 

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: Los viajeros del Bicho Canasto – Un viaje de vida

 

Mirá otro post de Retorno Nómade.

 



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