Crónica de un viajero varado en la ruta

Crónica de un viajero varado en la ruta

Rumbo a Villa Traful quedamos varados. Mi compañero de viajes, Chervor, y yo, quedamos varados, a pocas horas del anochecer, en medio de la ruta, y sin conseguir que nadie nos levante al hacer dedo. No es que tuviéramos mala apariencia o la gente allí fuera egoísta: pasada la tarde, ya nadie se dirige a Villa Traful por la ruta de ripio curvosa que lleva al pueblo. De modo que allí quedamos, sin poder continuar nuestro rumbo, en una zona que paradójicamente es conocida como Confluencia: allí confluyen los ríos Traful y Limay, y la Ruta Nacional 237 con la Ruta Provincial 65 de Neuquén.

No había a quien culpar más que a nosotros mismos. Tomamos el colectivo equivocado, creyendo que Confluencia Traful era lo mismo que Villa Traful, una de las paradas del famoso trayecto de los 7 lagos patagónicos. La gran sorpresa fue el impacto cuando el chofer nos señaló la parada, y solo había una estación de servicio al costado de la ruta. Habíamos elegido el lugar al azar, pero parecía que el destino nos tenía preparado una parada anterior. En aquel momento, por supuesto, no pudimos verlo de esa forma: en primera instancia, era una desgracia que estábamos condenados a padecer.

Después de un largo tiempo haciendo dedo nos dimos por vencidos; había que comenzar a buscar un sitio para acampar. Preguntamos y buscamos. Sobre la costa del río Limay había una zona de acampe libre. Nos acercamos para encontrarnos con otra decepción: varias familias con autos, música fuerte, botellas rotas, plástico y basura desentonaban con el lugar que estábamos esperando. Dudé: podría ser una buena opción para pasar la noche e irnos temprano; quienes allí acampaban eran amigables; podríamos disfrutar del río. Chervor me convenció: la orilla del río Traful parecía mucho más amena. Fuimos a investigar.

Era tierra prometida. Pequeñas dunas de arena blanca daban paso a una playita paradisíaca en la costa del playo río Traful. No podíamos pedir más; era un oasis caribeño en medio del ecosistema patagónico que rara vez suele mostrar arena en sus costas. Escaneamos la zona y divisamos la cabaña del guardabosques al otro lado del río; armamos la carpa entre una duna y un arbusto para protegernos de su visión y el viento.

Lo que había parecido desgracia en un principio termino siendo una bendición. Aprovechamos para zambullirnos en el río para encontrar otra sorpresa: se podía caminar con facilidad hasta la mitad – unos 25 metros- y el agua no estaba tan fría como creíamos. Fue una buena oportunidad para asearnos también. Mientras nos secábamos, preparamos unas salchichas mientras las estrellas fueron adueñándose del cielo. Una y otra estrella fugaz nos deleitaban mientras las observábamos, ya desde nuestra carpa.

Confluencia nos dejó un último recuerdo. Al pasar alguna estrella fugaz, se oyó, no tan lejos, el sonar de la tecla de un piano. En el medio de la nada. Alrededor no se veía ni una luz. No dijimos ni una palabra en lo que restó de la noche. Villa Traful nos esperaba al amanecer.

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: La costa argentina, un lugar para todos y para nadie

Mirá otro post de Retorno Nómade.



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