El ritual del Interior

El ritual del Interior

Se termina el 2018, en lo personal un gran año. La melancolía me empieza a invadir, cosa rara ya que es un número más. En ese trajín, me acuerdo de mi querida Rosario, ciudad de amarillos y azules y pienso, ahora de madrugada, que esa ruta que nos une con mi ciudad natal, Capital Federal, conoció todas mis personalidades. He aquí un poco de amor entre carne y pavimento. 

Y ahí voy, tratando de hacer coincidir el beat de la música con el “piano”, que acompaña. Y está alerta, se hace amigo del Palio modelo 2010 y titubea con el pendrive que le da y le quita. Juega con las negras y se compromete con las corcheas. Ese pequeño piano, también llamado cerrucho, que corta y se repite a lo largo del camino casi recto de la ruta 9. A ese piano lo conozco de chico, nos criamos juntos, pero el es más grande. Diría que tiene edad de perro. Y agradezco que me acompañe, ¿como no? Sino, ¿Con quién charlaría de los Strokes, los Cadillacs o lo que suene en ese aparatito de apenas 1GB. Tendría que comprar otro, sí, pero ese es el de siempre, como el piano. No lo puedo cambiar. Por el contrario, hay algo que si cambia y de manera constante. Y es que “La 9” es así, sorprendentemente aburrida. Casi recta, con girasoles, uno que otro puente, y el 16 de abril una casa estilo inglesa. El 30 de junio una fábrica ultra moderna. Y el 23 de octubre un par de vacas quietas, aburridas, como la 9. Es que ese bodrio que pretende ser poético te da y te quita. Te conecta, te acompaña y te espera, hasta la próxima visita, en la que seguramente te va a sorprender. 
Y ahí estoy, preparando una nueva lista musical, para salir a coincidir.

Una colaboración de Nicolás Maltaneres.

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