Encuentros con perros callejeros

Encuentros con perros callejeros

 

Caminando por las calles de Iruya me hice amigo de un perro. Al principio, compartimos unas miradas y caminamos juntos. A veces se separaba de mi para desaparecer por alguna empinada callecita empedrada en esta ciudad perdida en la montaña, para luego volver a aparecer a mi lado. A veces es común en los pueblos que los perros anden sueltos, y estos paseos suelen ser su costumbre. Pero el sol estaba escondiéndose detrás de las rojizas montañas que rodean al valle, y el perro seguía a mi lado. Fui hasta la plaza, que tiene un tobogán de aluminio que pareciera llegar hasta la estratósfera, a disfrutar de un sanguche de milanesa que preparaban en el momento en una de las calles cercanas a la iglesia. El perro me siguió e intuí que tendría hambre. Le compartí un poco, pero se negó. Al rato, lamía mis pies. Lo pensé: debe ser un Auténtico Perro Callejero.
No todos los perros callejeros viven en autenticidad su condición. Muchos fueron arrastrados a esa vida errabunda y a la intemperie. Nunca quise hacer apología de abandono de perros, ni quería remarcar que los perros no nacieron para ser domesticados. Simplemente, un día percaté de que hay una categoría especial entre los perros que viven en la calle: aquellos que lo hacen por vocación, que disfrutan su libertad y son sus propios amos, y por más que disfrutan de la compañía humana, no podrían vivir en cautiverio.

perros en el delta del tigre
Alguna vez, en el Delta del Tigre, vino un perro nadando de quien sabe qué lugar. Probablemente vivía en la naturaleza y visitaba a otros suertudos. No pidió ni aceptó nuestra comida, pero siempre nos acompañó. Su inocencia y tranquilidad desprendían un aura contagiosa, por lo que armamos un fogón para alargar la noche. Al despertar, al otro día, se había ido. Ese día descubrí que existían los Auténticos Perros Callejeros.
A un Auténtico Perro Callejero no podría ponerle nombre. Hay un contrato implícito, cuando uno de ellos se acerca, en que el único objetivo será simbiótico, y de disfrutar la compañía ajena. Ponerle nombre será apropiarse del recuerdo y la experiencia y, por lo tanto, dolerá la despedida. La felicidad está en la intensidad del corto plazo y la libertad absoluta; se debe aprovechar el momento mientras el milagro no se esfume. En la mitología vikinga, se cree que los viajeros deambulantes son dioses disfrazados. Serán, entonces, estos perros, criaturas divinas.

perros en el delta del tigre
En Iruya, al otro día me reencontré con el perro hacia el desayuno. Compartimos un abrazo mientras disfrutaba de mi mate y la vista del pueblo que crece casi verticalmente sobre la ladera de la montaña, como si fuera el Machu Picchu posmoderno. Pienso que a veces me invento estas historias por envidia. Me encuentro con estos perros y veo en ellos lo que yo no tengo, una vuelta a lo salvaje. Quizás, el humano sea el animal más domesticado de todos.



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