Hotel Edén: entre fantasmas de ahora y del pasado

Hotel Edén: entre fantasmas de ahora y del pasado

Los cerros La Banderita y el Cuadrado son dos centinelas que acompañan al Hotel Edén desde su fundación en 1898. Sus escaleras de mármol de Carrara, su arquitectura germánica majestuosa, y sus dos torres que perpetran la simetría con la que fue construido, introducen a la primera Argentina, aún en formación. Un hotel frecuentado por la aristocracia de esa época, que todas las noches tenía cenas de gala a la que sólo se podía ir vestido de etiqueta, y que un día fue abandonado.

Luego de saqueos y penumbra, el Hotel Edén pasó a la fama por algo diferente a lo que sus fundadores hubieran imaginado. Fue declarado Patrimonio Histórico y, desde 2006, se encuentra en proceso de recuperación. El municipio de La Falda, pueblo que creció alrededor y gracias al hotel, se hizo cargo del edificio, y comenzó a ofrecer visitas guiadas. El público ahora se deleita recorriendo las húmedas y deterioradas salas del hotel, imaginando cómo vacacionaban los ricos del siglo pasado. Y de noche, conocen sus fantasmas.

Sí, existen varios mitos y leyendas de fantasmas que merodean e interactúan con los visitantes, por lo que se decidió crear una visita nocturna para darlos a conocer. Pero esta dualidad no es novedosa en el Hotel Edén.

 “Antes, Gustavo trabajaba con nosotros, pero ahora está internado en el psiquiátrico del Santa María de Punilla”, advierte el guía de la noche, y cuenta la historia de Anita. Ella es una niña de ocho años que invita a jugar a los niños que hacen la visita. Dicen que tiene un balde para escupir. Pero solo ellos la ven. Hay registros de una Anita, familiar de Julio Argentino Roca, que murió de tuberculosis en el hotel a principios del siglo XX.

Anita es uno de los fantasmas que habitan en el hotel, y fue sumada rápidamente a las visitas nocturnas. Los guías invitaban al público a interactuar con ella. Pero, al parecer, Anita estaba molesta, incómoda. Fue empujando a los guías para que no se acercaran. Un día, dicen, arrastró a uno por un oscuro pasillo que conduce a la escalera de salida. Un día, Gustavo no volvió a trabajar.

Este caso de tuberculosis no fue uno aislado. Una epidemia de esta enfermedad azotaba al mundo y el clima fresco y seco de las Sierras de Córdoba proporcionaba un agradable refugio. Este microclima era considerado el cuarto mejor del mundo, y desde el Hotel Edén supieron aprovechar la oportunidad.

En contraste con la ciudad de Cosquín, donde la gente iba a tratarse por la enfermedad, el Hotel Edén ofrecía una estadía libre de tuberculosis: una garantía de salud. Las familias de la alta sociedad aprovechaban para tomarse vacaciones de tres – incluso hasta seis – meses, pagando el equivalente a 300 U$D de hoy por noche, y así lograban estar libres de preocupaciones.

Esto se lograba a un alto costo: todos los huéspedes debían esperar 15 minutos en una sala de espera antes de poder concretar su estadía. Si tosían más de tres veces, eran rebotados y enviados a Cosquín. Eso era, incluso para quienes en realidad estaban sanos, una garantía de contagio y una posible muerte.

Es por eso que, quienes abren juego a lo esotérico, y creen en las energías, perciben vibras negativas en ciertas salas del hotel, nos explicaba el guía nocturno. En la sala de máquinas y calderas, decenas de obreros trabajaban en hacinamiento y terribles condiciones. Hoy solo queda oscuridad, paredes con el revestimiento comido por la humedad, y dos de los tres generadores eléctricos que solían estar. El tercero, nos cuenta, da corriente alterna a 220 voltios, es decir, es compatible con los artefactos electrónicos de la actualidad. Un enorme agujero en la puerta de salida da una pista de a dónde fue a parar.

El guía nos invita a dar un paso en la oscuridad, donde están las dos calderas. Quiere que nos situemos en esa época, entre humos y vapores, un calor agobiante: horribles condiciones de trabajo. Al otro lado de la pared, muchachos en frac bajan de la mano de sus mujeres en vestidos largos, dirigiéndose al salón para una cena exquisita. Hoy, en medio de la oscuridad y el olor del moho, se percibe esa energía negativa.

El lujo del pasado y las ruinas del presente son un recordatorio de los contrastes que persisten en el Hotel Edén. Desde aquel majestuoso edificio que se imponía como un paraíso en medio de las sierras cordobesas, varias etapas fueron percutiéndolo hasta dejar las ruinas que hoy cuentan su historia.

Antes de que el hotel tocase fondo, el radical Ricardo Balbín se quiso hacer cargo. Tuvo la iniciativa de hacer un casino que creciera con el turismo emergente que venía dándose en el pueblito que se formó alrededor del Hotel Edén: La Falda. Eso significó el fin del piso de madera de roble del Gran Comedor Principal. Lo cambió por unas simples baldosas. Las noches de gala ya habían dado su último suspiro hace tiempo.

Si bien parecía una buena idea, el casino no prosperó y el Hotel Edén pasó al olvido. Su época de oro tuvo a celebridades como Albert Einstein – en su paso por Argentina – y al Che Guevara cuando era un pequeño asmático en busca de aire puro. Por casi 30 años, al hotel solo entraban saqueadores en busca de artefactos de bronce. O cualquier cosa que tuviera valor.

El Gran Comedor Principal incluso fue usado de establo. Sacaron sus puertas y ataron caballos a las columnas que alguna vez fueron dignas de admiración por su belleza. En la pared del fondo aún se lee “Cabalgatas y Excursiones”. Cuando declararon Patrimonio Histórico al Hotel Edén, el equipo de recuperación entró a ver como estaba la sala en la que se lucían lujosos vestidos cada noche. Estaba llena de bosta.

“Si las paredes de este hotel hablaran ¡qué historias contarían!”, afirmó nuestro guía. El trabajo de recuperación permite disfrutar esta parte oculta de la historia argentina. Una llena de secretos y extrañas tradiciones. Una que incluye a los dueños de hotel financiando la campaña del partido nazi en las décadas del ’20 y ’30. Una historia llena de fantasmas.

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: Terror en los túneles del Hospital Rivadavia

Mirá otro post de Retorno Nómade.



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