Patagonia profunda: prólogo del fin del mundo

Patagonia profunda: prólogo del fin del mundo

Desde el avión se ve todo marrón, frío, seco. No parece haber plantas ni mucha vida silvestre. Así es el sur de la provincia de Santa Cruz. Así es la Patagonia profunda: El Calafate está a más de 1400 km de Bariloche, y el clima lo hace saber. Aquí manda la naturaleza, y sobre todo, el frío y los vientos patagónicos.

Desde el aeropuerto ya se divisa una hermosa vista del Lago Argentino, una de las joyitas de este lado de la Patagonia, y que alberga al afamado glaciar Perito Moreno. Las vistas del Sur son increíbles, y sus postales recorren el mundo. Su hostilidad solo puede sentirse en primera persona. Caminamos hasta la ruta 11 para hacer dedo a El Chaltén, la capital nacional del trekking. La magnitud del viento fue una sorpresa y un gran obstáculo para mantener el paso. De frente, impide avanzar. De costado, tiende a hacerte trastabillar.

Antes de llegar a la ruta, nos cruzamos con un par de ñandúes que resistían al viento sin problemas con sus finas patitas. Éste es su hábitat; nosotros somos intrusos y ya lo notamos. La emoción de estar en contacto con animales salvajes desde el primer minuto es inigualable, y es una muestra de lo protegida, conservada y remota que es esta parte del territorio argentino.

ñandu el calafate patagonia

Pasamos los ñandúes y llegamos a la ruta. El viento es aún mas crudo. Recuerdo un logotipo que llevaban varios souvenirs en la tienda de regalos del aeropuerto: una palmera casi horizontal por el paso del viento, y una inscripción muy gráfica, “Vientos Patagónicos”. El primer dedo no tarda demasiado en llegar. Nicolás se dirige a Río Gallegos, pero se ofrece a alcanzarnos hasta la mítica Ruta Nacional 40.

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“Vientos Patagónicos”.

Cuántas historias y cuántos aventureros han pasado por los caminos de esta emblemática ruta. En la confluencia espera otro autoestopista, un francés llamado Nino. Está encapuchado y abrigado al punto de que apenas se puede ver su cara: lleva varias horas esperando y el viento no da tregua. Ésta es la estepa patagónica, y entre medio de arbustos con espinas, y nada más que unas ligeras colinas y una extrema aridez, no hay nada que frene al viento.

Pasa la primera hora al costado de la ruta, y más que nunca quisiera ver las rocosas cumbres de El Chaltén para que pudieran frenar un poco a estos Vientos Patagónicos. Lo salvaje vuelve a aparecer y mostrar que camina libremente: una manada de guanacos baja por el monte detrás nuestro.

Guanacos Patagonia ruta 40
Manada de guanacos en la ruta 40.

Estamos por perder la esperanza cuando el conductor de un micro de larga distancia se apiada y nos levanta. Destino final: El Chaltén. Entre curvas y asfalto, bordeamos el lago Viedma y divisamos al mítico cerro Fitz Roy mostrarse de a ratos. De a poco dejamos la estepa y nos internamos en el comienzo de esta aventura en el Parque Nacional Los Glaciares. Las montañas aparecen junto a la nieve y el hielo. Por la ventana del micro, alto en el cielo, el majestuoso vuelo de un ave negra: el primer cóndor.

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Cerro Fitz Roy desde la ruta.

Hacia el atardecer llegamos a la capital del trekking. Comprobamos que los Vientos Patagónicos también están aquí presentes. Pero qué mas da. La vista es increíble. Y el pintoresco pueblo – de tan solo unas 15 manzanas – se encuentra en el medio de un valle que parecen ser unos brazos rocosos que provienen del Fitz Roy, que abraza a su gente.

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: Tocar el cielo con las manos: la Odisea de la primera cumbre

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