Recorriendo los refugios de montaña en El Bolsón

Recorriendo los refugios de montaña en El Bolsón

La travesía hacia los refugios de montaña bolsonenses del Área Natural Protegida Río Azul – Lago Escondido comienza a la espera del colectivo que hace el traslado a Wharton, la localidad de donde nacen todos los senderos – esos que se bifurcan para adentrarse en el gran jardín que es hogar transitorio de varios mochileros y montañeses. Cada enero, alrededor de un centenar de personas se amontonan para esperar los servicios matutinos del colectivo, y así poder arrancar la caminata temprano.

El camino es de tierra y largo.  Los primeros pasajeros se bajan en Doña Rosa para tomar el camino directo al Refugio Hielo Azul, y cuyo objetivo es conocer el glaciar homónimo que allí yace. Los pasajeros que siguen hasta Wharton sienten un ligero alivio: es temporada alta y el amontonamiento y sofoco en el colectivo se lo hacen saber. Se sienten varios saltos por el precario camino y polvo entrando por las ventanas – por más que estén cerradas, éste encuentra su paso junto al famoso chiflete.

Wharton no es más que una parada para aprovisionarse: solo hay una proveeduría-bar y algunas quintas privadas. El Bolsón parece una gran metrópoli a su lado. Un puestito de la Oficina de Montaña es el único peaje en donde hay que registrarse por seguridad y especificar cuántos días uno planea quedarse. Este gran entramado de refugios de montaña amerita quedarse varios días, deambulando, siendo uno con la montaña y la naturaleza.

Una pronunciada bajada ubica a los caminantes a orillas del helado río Azul. Se cruzan uno, dos y hasta tres puentes siguiendo las curvas caprichosas que tiene este río de deshielo. El camino se divide en tres, y los caminantes también se separan. El camino más transitado es el que lleva al afamado (merecidamente) Cajón del Azul; la seguidilla de refugios de montaña por este lado es: La Playita, La Tronconada, Cajón del Azul, El Retamal, La Horqueta y Los Laguitos. Otro camino más empinado se dirige al Refugio Natación y luego al del Hielo Azul también. El tercero sale para el nevado Refugio Dedo Gordo, desde donde se puede bajar directamente a El Retamal luego.

REFUGIO CAJÓN DEL AZUL

Es el más aclamado por la gente y el que más turistas recibe. El camino es ameno: varias subidas y bajadas consecutivas, pero ninguna de mucha dificultad. Las aguas turquezas del río Azul aparecen de tanto en tanto. Para quienes quieren evitar las grandes cantidades de gente que hay en el refugio del Cajón, o simplemente ya están cansados, aparece, tras 3 horas de caminata aproximadamente, el Refugio La Playita. Su nombre es autodescriptivo: ofrece un espacio de playa en el helado río Azul, donde pocos se atreven a sumergir más que las piernas. A quince minutos, La Tronconada. Es similar a La Playita, tranquilo, poca gente, con la diferencia de que hay que cruzar un puente para llegar – uno de los tantos en este circuito de refugios de montaña que son colgantes y se mueven mucho al pasar; advierten: pasar de a dos.

El camino se adentra hacia aguas más profundas del del río azul, hacia el lugar donde se encajona. Esto quiere decir que todo el caudal del río pasa entre dos grandes paredes de roca. Es un espectáculo impresionante, en el cual todo el curso del río muestra su gran potencia al pasar por ese estrecho espacio a gran velocidad. Espuma, rocas, intrusos árboles creciendo donde el río lo permite, y el relajante y agresivo ruido del agua contra la roca. La combinación es indescriptible: deben acercarse para poder comprenderlo.

El Cajón de Azul no es un único punto: las paredes contienen al río por decenas de metros. Se lo puede observar desde arriba de varios miradores. Entre ellos, uno de los mencionados puentes colgantes de madera. Para pasar la noche, el Refugio del Cajón del Azul es de los más peculiares: parece una granja con su huerto y hasta ovejas que suelen andar sueltas entre las carpas. Un arroyo divide el lugar de acampe en dos, que suele estar llenísimo.

En la cercanía, hay dos atracciones más: las cuevas y el nacimiento del cajón. Las cuevas no son más que unas formaciones rocosas color grisazulaceas que uno puede investigar, aunque no son nada profundas. El nacimiento del cajón, por otro lado, es majestuoso. Una plataforma de pierda con una erosión suave por el paso del agua, permite ver una pequeña pero poderosa cascada donde se concentra todo el caudal del río en unos pocos centímetros. Es como tener una versión del Cajón del Azul miniatura, de versión bolsillo. Es impresionante.

EL RETAMAL – LA HORQUETA

El Retamal vive en la voz de los montañistas como el refugio de la fiesta. Quienes buscan distenderse se dirigen allí, en busca de una noche de fogón, cantos, baile y algún vino quizás. Al llegar me encuentro con lo inesperado: un refugio con una ambientación que coquetea con una cultural más centroamericana, adornado con cráneos de vacas pintados de colores brillantes, y varios carteles que advierten no hacer ruido después de medianoche. Me pregunto si las normas surgen como contrapartida a las costumbres que se quieren superar, o si simplemente funcionan como un abandono de responsabilidad por parte de los administradores, ante una posible queja de alguna de las famosas fiestas.

El retamal tiene el mirador del “Cruce de los Vientos”. Siempre hay algún punto en la montaña en que, efectivamente, el viento pasa entre sus rocas, y se lo bautiza con ese nombre. Este mirador ofrece una perspectiva diferente de otros a lo largo del recorrido: está ubicado al costado de un amplio valle por donde pasa un río que, a lo lejos, se bifurca.

Para pasar hasta Los Laguitos, el final de este lado de la travesía, hay que pasar por La Horqueta. Entre El Retamal y La Horqueta el camino tiene una misteriosa bifurcación no oficial: se presenta como Refugio del Conde, y está a una hora caminando hacia el sur, advierte. Nunca nadie nos confirmó de su existencia.

La Horqueta es muy diferente a cualquier otro refugio de montaña: parece un rancho de campo o chacra; esto lo introducen varios caballos en el camino. Al llegar a la humilde casita, nos atiende un gaucho. No habla mucho, está ocupado haciendo pan. Lo interrogamos por el significado del nombre La Horqueta. Con su cuchillo, señala a un árbol, en la parte en que las ramas se bifurcan. No entendemos, pero insiste que es eso: una bifurcación de las ramas, del río, del camino.

NATACIÓN – HIELO AZUL

El camino que lleva directo a Natación desde Wharton enfila a la montaña por su lado más empinado. Luego lo recompensa con un largo recorrido a través de bosques de lengas que, con sus troncos caídos, parecieran formar esculturas. Natación es un refugio de montaña muy rústico: los troncos que lo estructuran no parecen haber tenido ningún tratamiento; da el aspecto de un auténtico refugio. Sus ventanas minimalistas tienen vistas a la helada laguna del frente, y el puente construido con troncos que la atraviesa en un pequeño brazo que asoma en la costa. Este es el refugio más alto del circuito, y el frío lo comprueba. Unos caminantes que han pasado una noche allí advierten que lloraron del frío y se les escarcharon los pies. Van a pasar otra noche y proponen un fogón que ayude a aclimatarnos para dormir allí.

Natación ofrece más que solo una acampada al costado del lago. Además de las tortas fritas que suelen cocinar para el desayuno, hay un anfiteatro natural conformado por largas paredes de piedra, y un mirador que permite observar el valle de la comarca andina, la ciudad de El Bolsón.

Otra caminata a través del frondoso bosque de lengas conduce hacia el enigmático refugio del Hielo Azul, el único glaciar de la región. La sorpresa no fue el glaciar, que parecía bastante renegado ante el calentamiento de la tierra, y ya solo parece un manchón de nieve en la costa de una laguna verdosa. El complejo del refugio parece un resort, con varias comodidades, desde un completo restaurant hasta una canchita de futbol. Es una gran oportunidad para cumplir el sueño de jugar en el rocoso terreno del glaciar. Además, muchos eligen subir desde Doña Rosa cabalgando; una experiencia distinta.

Es destacable el camino hacia el glaciar: un fin en sí mismo. Varias subidas y bajadas de montañas rocosas concluyen en una subida final donde hay que combinar escalar con gatear y caminar. El paisaje, imperdible.

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: Tocar el cielo con las manos: la Odisea de la primera cumbre

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