Terror en los túneles del Hospital Rivadavia

Terror en los túneles del Hospital Rivadavia

El hospital Rivadavia nos recibe con la frialdad de un manicomio de una película de terror ambientada en el siglo XVIII; su estructura data de 1774, con un diseño panóptico, en el cual todas las ventanas dan a un jardín central. Imagino que de día debe ser lindo poder pasear entre las plantas y sentarse en un banquito al Sol. Pero de noche todo se torna tétrico: las paredes oscuras y desgastadas, las pocas ventanas con una luz amarillenta encendida, las estatuas del jardín con expresiones perdidas; todo bajo la tenue llovizna que acompaña a la edición 2018 de la Noche de los Museos. La primera impresión del hospital no es amigable, pero la verdadera atracción macabra está debajo de él, en sus túneles.

Las diversas ramificaciones de los túneles del Hospital Rivadavia cumplen funciones técnicas, pero con los años varios mitos, historias de fantasmas y ruidos extraños lo fueron habitando. Mientras espero en la fila, varias enfermeras pasan con un hombre tendido en una camilla: era un cadáver y se dirigían a la morgue. Un recordatorio de que, si bien se hacen recorridos para el público, el hospital sigue en funcionamiento y la muerte no es ajena a él. Al entrar a los túneles la primera impresión es oscuridad, pesadez en el aire, olor a humedad y … ¿pis de gato? Otro visitante a mi lado me ayuda con el recuerdo: es el olor que se siente en los mausoleos del Cementerio de Recoleta, aunque mucho más concentrado.

Al principio parece un recorrido meramente informativo. Nuestra guía nos cuenta que estos túneles muchas veces se utilizaban para trasladar enfermos entre pabellones. Muestra caños por donde pasan los cables eléctricos y agua. El agua que sale de esas bombas gigantes que tienen todos los edificios, dice, y se guarda en unos tanques, los señala. Su discurso es apagado y parece repetirlo sin gracia, pero todo cambia cuando nos dirigimos a otra parte de los túneles: “Distopia Hospitalaria”.

Es un camino lleno de puertas con pintura desgastada y números dibujados; algunas entreabiertas, otras con candados. Mientras nos dirigimos hasta allí, la guía nos cuenta del Fantasma de la Enfermera: una presencia espectral que se le apareció por primera vez a una estudiante mientras miraba por un microscopio. Al darse vuelta, desapareció. Se dice que la pasante nunca más volvió a trabajar, pero sigue apareciéndole a varios médicos y pacientes. Doblamos en un pasillo con oscuridad casi total. Al fondo: una figura humana vestida de blanco espera quieta. Parece una enfermera. Se escuchan varios gritos, asumo, de los visitantes. De todas formas, nos acercamos lentamente para comprobar que sólo era un maniquí alumbrado.

“Distopia Hospitalaria” es una puesta en escena que pretende acentuar lo bizarro del show que acaba de comenzar. Varios artefactos como una silla de ruedas hecha a partir de una silla de plástico para niños, un jardín botánico hecho a partir de bolsas colgantes llenas de agua y plantas, y un espacio donde hay una tele antigua con su respectiva silla y mesa rasgadas, corroídas. Observábamos la muestra mientras la guía cuenta otra historia: La Llorona, otro fantasma que aparece en las noches en el pabellón de obstetricia y se la escucha lamentarse por la muerte de sus hijos. Una sospechosa enfermera entre los visitantes afirma: “Yo la escuché”.

Al momento de volver a la salida, las pocas luces que había comienzan a titilar, y de pronto oscuridad total. Con una sonrisita burlona, la guía nos invita a seguir avanzando con cuidado. De pronto, comienza a contar una tercera historia: El Fantasma del Médico. Como en muchos hospitales públicos, en el Rivadavia se hacen colas desde temprano para conseguir turno. La historia cuenta que entre las 4 y 5 de la mañana un doctor vestido con un guardapolvo impecable y engominado, ordena a los pacientes en vigía retirarse inmediatamente, que “no pueden quedarse acá”. Un detalle tenebroso: a esa hora no hay médicos trabajando en el hospital.

Llegamos al final del pasillo y ya reconozco donde está la salida. De pronto, dos enfermeros se me cruzan a toda velocidad, con la vista clavada en el final del pasillo. El público comienza a gritar nuevamente. La guía dice que aquí pasan cosas raras, mientras de una de las misteriosas puertas verdes comienzan a escucharse golpes y rechinidos de caballos. Aclara que ese lugar solía funcionar como establo. De repente, prenden las pocas luces y termina el show: todo esto fue posible gracias a la escuela de cine y video, nos dice. Pero lo extraño es que la escuela no nos mandó actores de enfermeros, ríe. En el Hospital Rivadavia no se pierde el misterio.



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