Terror infundado: la primera acampada

Terror infundado: la primera acampada

Corría el verano de 2016 y la primera experiencia mochilera se acercaba. Llegados a Bariloche, nos acercamos en colectivo al Lago Mascardi, en busca de una sublime experiencia, mano a mano con la naturaleza, en soledad, pero que las autoridades provinciales habían obstaculizado: había una restricción casi total al acampe en lugares no comerciales. Desde la ruta comenzó la travesía, una caminata a través del bosque patagónico, buscando evitar los campings y el patrullaje del guardaparques. Buscábamos soledad y una comunión con la naturaleza, y la conseguimos en Playa Leones, nuestro paraíso a orillas del lago.

Estando a una hora del camping más cercando, nuestro aislamiento de la civilización era absoluto, aunque nuestra libertad, condicionada: debíamos evitar ser descubiertos por el guardaparques para poder acampar allí. Con eso en vista, armamos las dos carpas detrás de varias filas de árboles para evitar ser vistos desde la costa, y la puesta del Sol nos indicaría el horario de descanso, ya que debíamos evitar cualquier emisión de luz (fuego, linternas, etc.) por los mismos motivos. Más allá de eso, disfrutamos del día en las más ancestrales condiciones, a excepción de la comida enlatada que ayudó a completar un guiso que disfrutamos bajo una leve llovizna, viviendo y contemplando la naturaleza.

En cuanto comenzó a oscurecer, fuimos a refugiarnos, de la noche y la lluvia, en nuestras carpas, como habíamos estipulado. Estábamos ubicados dos compañeros en una carpa, y dos en la otra, enfrentadas, y en el medio un espacio que mientras transcurría la noche parecía agrandarse. Aunque en el Sur anochece tarde por esa época, alrededor de las 21:30, todavía era temprano, por lo que las conversaciones se prolongaron, aunque se fueron nucleando, sin cruzar nunca por el pasillo que dividía las carpas, manteniéndose en privado.

En mi carpa, hablaba con mi compañero, Chervor, del extraño comportamiento que estaban teniendo nuestros amigos y vecinos. Se oían pasos a nuestro alrededor. Al rato se dejaron de escuchar, pero la inquietud persistió, por lo que decidimos preguntarles si habían salido. Nos contestaron que no, nunca habían salido de la carpa.

Nos desesperamos en construir una historia coherente, mientras persistía el miedo de abrir la carpa y enfrentar la respuesta. Los pasos volvían a escucharse. ¿Quién o qué había decidido aventurarse tan lejos, en la oscuridad? Debatimos varias posibilidades, y cada propuesta parecía más peligrosa. Al principio pensamos en aves, luego en guanacos, gatos salvajes, y hasta un puma. Sin embargo, la opción de que fuera un asesino maniático y despiadado nos pareció la más convincente. Hablábamos en códigos y en inglés, desesperados para que el asesino no entendiera nuestro plan. Los de la carpa del frente, que estaban casi a una infinidad de distancia en ese momento, propusieron hacer guardia. Rápidamente dije no, y en privado le comenté a Chervor que ellos parecían más asustados, y en todo caso, harían la guardia de todos modos.

Pese a mis intentos de delegar la guardia a la otra carpa, las discusiones continuaban, y no había logrado conciliar el sueño. Hubo una nueva propuesta: enfrentar al asesino. Nos armamos con lo que teníamos, cuchillos de mesa, navajas, y por supuesto, linternas. Antes de salir, un momento de tensión, la cuenta regresiva; 1… 2… 3. Salimos. Nos enfrentamos unos a otros, nos iluminamos las caras, apuntamos a todos lados. No había nada más que nuestras expresiones de terror. Consolidamos la hermandad en un abrazo múltiple, risas, y por supuesto con cuatro chorros que rociaron un arbolito, para aliviar el cuerpo además de la mente.

Con Chervor nos despertamos cerca de las 9. Creímos que al salir de la carpa nos encontraríamos con un campamento listo para levantarse y marcharse. En cambio, nuestros amigos nos estaban esperando con una pava calentándose y unas tostadas. Además, había entusiasmo por otra noche más. Disfrutar del lago y esa inolvidable anécdota que aún recordamos con risas, valieron la pena, incluso luego de recibir largos reproches del guardaparques, quien nos descubrió cuando nos estábamos yendo al otro día.

 

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