Un vistazo a la tierra de los onas | Crítica de Archipiélago de Ricardo Rojas

Un vistazo a la tierra de los onas | Crítica de Archipiélago de Ricardo Rojas

Libro: Archipiélago 

Autor: Ricardo Rojas

Editorial: Süd Pol

Año de edición: 2014

Páginas: 243

Precio: $715

Desde el exilio, como confinado político en Ushuaia, Ricardo Rojas comenzó a escribir las páginas de este libro, sin certezas sobre cuánto duraría su cautiverio. Fueron cinco meses, de enero a mayo de 1934. Varias entradas relatan diferentes capítulos de la historia de estas tierras australes, tan aisladas desde su concepción. En ellas hay aborígenes, navegantes, misioneros. Cada entrada tiene su propio enfoque, como pequeñas islas que no parecen juntarse. Pero, como sugiere el título del libro, conforman en un Archipiélago la historia de las islas de Tierra del Fuego.

A modo introductorio, Ricardo Rojas eligió contar cómo era la vida en el Onaisín, como también se conoce a Tierra del Fuego, porque allí vivió la tribu Ona. Se adentró en sus tradiciones y la forma en la que veían al mundo, y la de los yaganes, un pueblo que fue dueño del canal de Beagle (Onashaga, en su idioma) desde sus canoas. Así, presentó a estas intrigantes civilizaciones que sobrevivían al clima hostil en torno a fogatas, y solo usando pieles de guanacos. Tenían un estricto código moral, con un respeto y equilibro en torno a la naturaleza, según las enseñanzas de su héroe libertador, Kuanip.

La etapa del Onaisín mágico se derrumbó con el choque cultural del hombre europeo que llegó a explorar la isla. Desde entonces, según Rojas, terminó la edad antigua y empezó la edad media, de navegantes y misiones evangelistas. La tierra de los onas tomó el nombre de Tierra del Fuego, por las constantes fogatas que los exploradores, como Magallanes, veían en sus costas.

Aborígenes fueguinas, andan sin reparo como los onas.

Las misiones cristianas pretendieron civilizar al aborigen de las islas, y solo lograron alejarlo de sus tradiciones, e introducirlo a vicios como el tabaco y el alcohol. Los onas incluso comenzaron a debilitarse por enfermedades como la tuberculosis, y su población disminuyó. La irrupción europea acabó con la cosmovisión fascinante que los onas tenían de su tierra. Darwin, quien estudió a las tribus del Beagle durante seis meses, los definió como “miserables amos de una miserable tierra”.

La ocupación argentina de la isla, recién en 1880, terminó de destruir esa visión. Relegó a la región como a una gobernación con un presidio por capital. El Gobierno, desde Buenos Aires, no supo ver el potencial agrícola ni su importancia marítima. Resonaba la leyenda darwiniana: un lugar así solo podría ser un centro de castigo para quien lo habitara. Así fue el comienzo de la edad moderna, desde donde Ricardo Rojas intentó reconstruir su historia, hablando con sus pobladores, y con los últimos descendientes de los onas. Incluso, se sumergió en su cultura y recreó un viaje a Konik-Sción, una isla blanca que es el más allá, según la creencia de la tribu.

Ricardo Rojas decidió empuñar su pluma como San Martín lo hizo con su sable, y según lo describió en su libro El Santo de la Espada. En Archipiélago, lo hizo con tono de denuncia, exponiendo la tragedia de las tribus de onas y yaganes, y advirtiendo de la riqueza, hasta entonces, escondida en Tierra del Fuego, la gobernación que quedó postergada por el Estado Argentino. Como en la construcción del Monumento a los Héroes de la Independencia, cuya comisión presidió en 1925, Rojas colocó a la cultura de los pueblos originarios como elemento central en nuestra patria.

ricardo rojas preso confinado politico ushuaia
Ricardo Rojas escribiendo en su habitación en Ushuaia

Ricardo Rojas logró enmendar la leyenda darwiniana: Tierra del Fuego, el despreciable lugar donde termina el mundo. En el libro, el Onaisín vuelve a la luz desde Konik-Sción, la isla blanca del más allá. La emocionante cultura ona esclarece la riqueza natural fueguina. Rojas remarcó la importancia de Tierra del Fuego cuando todavía no era una zona libre de impuestos, en una época en la que solo se enviaban delincuentes, o personas que estrobaban a las autoridades, como él.

Es que el país, en 1934, se encontraba en plena restauración conservadora, luego del golpe de Estado a Yrigoyen. Rojas, además de ser un militante radical, era docente, historiador y pensador. Sin dudas, sus ideas iban en contra del proyecto que el gobierno de facto quería implementar. Le dieron dos opciones: exiliarse en el exterior o ser confinado a Ushuaia. Él no quiso elegir, y decidieron por él. Buscaron esconder sus ideas y denuncias en el frío de Ushuaia. Pero Rojas logró descubrir la belleza del Onaisín y trascender la censura.

Revivió mitos y leyendas de onas y yaganes. Así, generó empatía e impotencia: ¿cómo es que en una tierra tan adorada por sus primeros pobladores se había convertido en un presidio? Ushuaia estaba incomunicada con el resto del continente; solo se podía llegar con un largo viaje por mar. El presidio era una ilusión: todos los habitantes estaban confinados, entre las montañas, el mar, el frío, y la indiferencia del Estado argentino. Los espíritus del bosque que alguna vez existieron para los onas, en ese momento se transformaron en los fantasmas del encierro.

Ojalá Ricardo Rojas pudiera ver que Tierra del Fuego logró escapar de su cautiverio. Hoy tiene rutas, un aeropuerto, un polo industrial y tiene un puerto libre de impuestos. El lugar de castigo se transformó en capital turístico. ¿Acaso estará, junto a Kuanip, pensando en esto desde la isla blanca Konik-Sción? Por otro lado, museos recuerdan a los onas y yaganes; los últimos representantes de las tribus perecieron. Un trago amargo para Rojas: su denuncia no fue oída a tiempo. Pero el Onaisín mágico existirá para siempre en Archipiélago.



Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *