Tocar el cielo con las manos: la Odisea de la primera cumbre

Tocar el cielo con las manos: la Odisea de la primera cumbre

Alrededor solo se siente el aire poco denso y puro, el viento refrescando y molestando de a ratos. Nada más; nada menos. Estoy solo y en la cima del mundo, escucho solo el sonido de la naturaleza, el llamado del universo. Estoy solo y contemplando, no hay nada más que unas blancuzcas nubes, a mi misma altura, y a lo lejos, en cualquier dirección, se divisan otros picos nevados, otras cumbres, otros aislados puntos donde se puede tocar el cielo con las manos. Estoy solo hasta que llegan mis tres amigos, compañeros de mochila y montaña, y con una sonrisa les afirmo que todo valió la pena: la subida, el cansancio, el sudor, el frio pernocte sobre la ladera de la montaña. Todo se volvió redituable con el maravilloso panorama que ofrece, a 2260 metros sobre el nivel del mar, la cumbre del cerro Piltriquitrón, el monte Olimpo de la ciudad El Bolsón.

 primera cumbre Cerro Piltriquitrón
La llegada.

Es fácil subestimar la primera experiencia de montañismo estando abajo, en la ciudad. 2000 metros no es demasiado, en la oficina de Informes de Montaña nos dijeron que eran 13 km de caminata hasta el refugio, donde acamparíamos; a lo sumo costaría un poco más que en la ciudad. Nuestro menosprecio hacia la dificultad del trayecto comenzó la noche anterior, cuando fuimos a probar la noche bolsoniana en la famosa Plaza Pagano, donde frecuentan los artistas hippies callejeros, con unos tragos de fernet encima. Consecuentemente, despertamos alrededor de las 13 hs en el monoambiente que habíamos alquilado para los cuatro esa noche, y a puro regateo. Apenas reparamos en ordenar la casa, tragamos una improvisada polenta, cargamos unas botellas de agua, a las apuradas compramos una tarta para la cena y comenzamos el ascenso bajo el intenso rayo del sol a las 16hs.

Los primeros 8km son una ruta de ripio para automóviles, que termina en una plataforma donde se puede estacionar y comenzar realmente la subida. Al cabo de 40 min, habríamos hecho 2km, parado y cambiado de mochilas entre nosotros – para equiparar el peso- unas 4 veces, y nuestras reservas de agua estaban por agotarse. Había atajos que se abrían entre las curvas del camino para autos, que nos aconsejaron no tomar por riesgo a perdernos, y que preferimos no tomar por miedo a que nos caiga la noche encima -faltaban 4 horas para el atardecer- antes de retomar el camino. Los autos eran esquivos a nuestros pedidos de dedo (autostop), y cuando ya resonaba el infundado miedo a morir, recurrimos a suplicarles con enormes gesticulaciones y alaridos que, al menos, parasen a donarnos unas botellas de agua. El tránsito de autos iba disminuyendo; la montaña no es un destino habitual a esas tardías horas, ni siquiera para quienes se acercan al bosque tallado y regresan. Pudimos recolectar unas 4 botellas antes de que un filantrópico conductor nos acercara a la plataforma, ahorrándonos cerca de 1 tercio del camino. A contrarreloj, aunque ya más tranquilos, nos propusimos a hacer a las corridas, omitiendo la clásica visita al bosque tallado, el último tramo, con sólo una hora de ventaja a la puesta del Sol.

Casi sin aire, y empapados en sudor, llegamos al refugio. Pudimos presenciar al Sol esconderse por detrás de las montañas al otro lado del valle donde yace la ciudad; la última ronda de parapentistas pasaba, curioseando, como el vuelo de aves juguetonas, a nuestro alrededor; disfrutamos nuestra tarta de cena como si fuera un elixir divino, mirando las luces que iluminaban otras cenas, quizás menos victoriosas, 1700 metros por debajo; a oscuras armamos las carpas, con el estómago aún vibrando. Pasar la noche acampando puede ser, a veces, pasar frio, cambiar varias veces de posición, despertarse varias veces adolorido durante la noche. De esa acampada no recuerdo nada hasta el amanecer.

Esa mañana arrancó el segundo tramo, esta vez más prevenidos, hacia la cima. Mientras uno se acerca a la cima se va haciendo cada vez más difícil, y la última subida es la peor. Con nuestras habilidades de montañistas principiantes, una subida casi vertical de piedritas y areniscas sueltas significaba caer tres pasos por cada uno dado. Esta parte fue una total improvisación y prueba de técnicas. Por mi lado, lo que más me resultó fue correr antes de darle tiempo a la montaña de permitirme caer.

Cumbre Cerro Piltriquitrón
La cumbre.

Así fue como 4 principiantes engreídos llegaron a una de las cimas del mundo, y pudieron vivir una de esas experiencias que solo pueden sentirse. Nadie nunca podrá contar, ni con todas las palabras existentes, lo que significa estar en una cumbre y sentir que si saltás, saldrías de la Tierra y comenzarías a rotar a su alrededor. Ni las mejores cámaras del mundo podrán retratarlo.

La bajada no pudo ser de otro modo que obstaculizada. Bajamos a las apuradas, por lo que uno de nosotros comenzó a sentir mareos. En ese momento recordamos que debíamos ingerir alimentos por haber pasado el mediodía. Alimentos que habíamos olvidado traer. En fin, una última enseñanza de la montaña, que esta vez nos dejó pasar la torpeza sin dejar de mostrarnos su majestuosidad.

Cerro Piltriquitron
El piltri, como le dicen los lugareños.

 

Mirá otro post de Retorno Nómade.

 



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