Ushuaia: escapar al fin del mundo

Ushuaia: escapar al fin del mundo

Existen múltiples razones para viajar, ninguna menos válida o entendible que otra. Pero hay una que es recurrente, viajar para escapar. Se viaja para escapar de la rutina, de presiones sociales, familiares, económicas; se puede escapar por deudas, vergüenza o para reinventarse. Se puede viajar para escapar a cualquier lado, pero ¿acaso habrá mejor lugar para escapar que al fin del mundo, el recóndito rincón del planeta donde convergen y terminan todos los caminos?

Ushuaia se nutrió de gente que vivió escapando, o que ya no pudo hacerlo. Entre 1904 y 1947, funcionó allí el penal de Ushuaia, la cárcel del fin del mundo. Esta institución funcionó con una premisa: los presos que allí llegaran ya no tendrían a donde escapar, no hay nada más allá del fin del mundo. Es una cárcel sin rejas, se asemeja mucho más a una espeluznante escuela de los años 50’ que a un complejo reformatorio. De todas, qué tan diferente es ahora que las instituciones educativas parecen mucho más abocadas en reformar que las penitenciarias.

Los presos, resignados, fueron construyendo la ciudad. Escapar nadando por mar, imposible, morirían congelados; adentrarse en los bosques y montañas, tampoco, caería la noche y morirían congelados de todas formas. Así, la cárcel pasó de ser un espacio de encierro a un refugio. Y los convictos, de presos a obreros, carpinteros, albañiles. La fuerza conjunta fue asfaltando calles, creando muebles, preparando casas, construyendo el ferrocarril más austral, el Tren del Fin del Mundo (todo aquí, con justa razón, se llama así). Estaban preparando la ciudad que acogería a quienes se atrevan a ocuparla, y expandir así la soberanía territorial argentina. Sin embargo, quién podría querer mudarse a un lugar sin escape, una ciudad cuyo encierro lo mantiene su propia naturaleza.

escapar al fin del mundo

En el hostel me encuentro con un camionero, Alberto, y me cuenta que vive parte de su tiempo en Buenos Aires, parte en el camino, y parte en Ushuaia. Vive escapando, pero en círculos, pienso. De todas formas, me aclara, que acá encuentra su tranquilidad, su descanso y su contacto con la naturaleza. Me cuenta que, al contrario, esas no suelen ser las razones para escapar a Ushuaia. Fue declarada zona libre de impuestos, entonces gente adinerada vino aquí a hacer negocios y disfrutar de su dinero. Me comenta que la cadena de supermercados para la cual trabaja se aprovecha de eso: los productos aquí pueden llegar a costar 2 o 3 veces más que en Buenos Aires, y la gente no dudaría ni un segundo en comprarlos. Pero además eso tiene una razón, los productos que llegan aquí al puerto deben ir hasta la aduana de Buenos Aires, ser registrados y volver. Le pregunto si se ha dado cuenta lo redundante que es su trabajo en este país tan unitario; no parece preocuparle, está feliz de tener su habitación en este hostel un par de días a la semana.

Un alma se sintió identificada en mi conversación con Alberto. Luis es un empresario peruano, y hace años encontró su nicho en el fin del mundo. Los autos son baratísimos en Ushuaia, me comenta, porque están exentos de impuestos. Sin embargo, venderlos no es tan fácil; tienen un periodo de 5 años de arraigo en la isla de Tierra del Fuego. Su trabajo, exclama alardeando, consiste en comprar autos usados luego de ese periodo, a precio fueguino, trasladarlos a Buenos Aires, y venderlos a un precio inflado allí. Creo que exagera, pero él insiste que un 80% de los autos usados en Buenos Aires provienen de la isla. Parece que, en este caso, la provincia más austral le ganó la pulseada a la poderosa capital.

Ushuaia
Ushuaia

Juan, por el otro lado, me comenta que él vino escapando de la gran ciudad. Aun así, su rebeldía es mucho más pasiva que los negocios del rey de los autos usados – quien vive en un hostel muy barato. Juan llegó persiguiendo a su novia. Juntos, se enfrentaron a lineamientos y tradiciones familiares; estudiar contabilidad no era lo suyo, él valoraba otras cosas en la vida: la naturaleza, el viaje, la pasión; ella escapó de su casa y aquí la esperaba un trabajo. Irse de la ciudad significa escapar de la vorágine, el estrés, las responsabilidades. El fin del mundo suena tentador, una oportunidad para desaparecer, aunque también aprovechar el lado turístico y emprender por ese lado. Juan, ahora, está quemando sus ahorros lentamente, pagando su estadía en el hostel, y buscando un trabajo. Pero encontrar un espacio laboral donde todos parecen haber asentado su negocio, y el resto se cuelga de la sobrepoblada industria turística, es más difícil de lo que pensaba.

Un colombiano acaba de llegar de un extenuante viaje en scooter desde Bogotá. Todos se sorprenden de que la moto haya aguantado toda la travesía; yo, me asombro de que el poste que sostiene carteles con las distancias hacia las grandes capitales del mundo hoy tiene utilidad. Encima de esas grandes cifras, y ciudades americanas, europeas, asiáticas, aparece el nombre del hostel: Cruz del Sur. Siempre tuve un interés particular por la constelación, y lo que puede significar. Me parece que este lugar lo resume: estar al sur significa escaparse del mundo; todo lo importante ocurre en el norte, en Europa, EE. UU., y seguir la Cruz del Sur es, de alguna forma, desviarse de todos esos ideales y tradiciones que representan el estilo de vida más conservador.

Contemplo al faro. Es el Faro del Fin del Mundo, que guía a quienes escapan, y maravilla a los turistas. Lo miro y lo sé, yo soy ambos, un turista que llegó escapando a sus pasiones diletantes. Pienso en Jorge Drexler, sus 12 segundos de oscuridad y los míos. El faro me guió hasta aquí, el faro solo para de día, y cuando vuelva tendré que volver a tomar decisiones, atravesar la oscuridad. Muchos escapan a Ushuaia y se asientan en esta suerte de refugio. Yo logré escapar, como aquellos presos que se fugaron y los esperaron una embarcación para desaparecer del planeta. Mi escape aun no terminó, el próximo destino aguarda expectante.

Fin del mundo Ushuaia
Ushuaia – Faro del fin del mundo

Para ver una historia similar, accedé al siguiente post: La costa argentina, un lugar para todos y para nadie

Mirá otro post de Retorno Nómade.



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